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Sobre els embrions
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El inicio de la vida humana: un misterio que requiere
respeto y admiración
Comentario sobre el anteproyecto de ley de
reproducción asistida y la Nota de la Conferencia Episcopal ante este
evento
Introducción
Para evitar equívocos y clarificar nuestra postura,
partimos de la premisa de que toda ley que acepte la legalización de la
FIV (fecundación in vitro) atenta contra la dignidad humana. La
aceptación tácita o explícita de que es una realidad imparable en
nuestra sociedad actual genera una «cultura de la muerte» con
connotaciones propias. La dinámica eugenésica en torno a la selección
de embriones que pretende suavizarse con eufemismos como los
calificativos subóptimos, inviables, sobrantes, no implantables,
aplicados a embriones humanos; el proceso de reducción embrionaria
como técnica lógica para alcanzar los mejores resultados del
tratamiento; la crioconservación de seres humanos en sus primeras
etapas de la existencia como parte de la eficacia y comodidad de futuros
transfers; el diagnóstico preimplantatorio como criterio
determinante para la aptitud de seguir viviendo; el deseo del hijo como
derecho casi institucionalizado; el sutil paso de desear un hijo a la
exigencia de un hijo sano que responda a la descripción de
ciertas cualidades físicas; la aceptación generalizada de la lógica
utilitarista que en función de un supuesto bien de la humanidad –la
curación de enfermedades– admite la bondad de la destrucción de
embriones inviables como un sacrificio exigible y exigido; el
olvido en congeladores de miles de embriones de los que nadie se siente
responsable; todos estos datos comprobables en la actualidad conllevan
un real y profundo oscurecimiento moral del valor y dignidad de la vida
humana, y conviene advertirlo oportuna e inoportunamente. Una sociedad
que cierre los ojos ante la dinámica de la FIV y se despreocupe
moralmente se incapacita para descubrir el misterio del hombre y la
grandeza de su vocación.
La FIV es siempre inmoral e indigna de la condición
humana, ya que todo proceso de fecundación in vitro entraña la producción
de seres humanos, hecho que contraría su dignidad porque las personas
humanas sólo pueden venir a la existencia en el contexto amoroso, nunca
productivo, aunque para muchos futuros padres la aceptación del
«producto» generado lo consideren un hecho amoroso. No debemos olvidar
que el fin nunca justifica los medios.
Además, es necesario tener en cuenta la lógica antihumana,
deshumanizadora y de dominio que incorpora la FIV, donde
el ser humano vale en la medida en que tiene las condiciones para
desarrollarse. Así, cuanto más débil sea el embrión, mayormente
será desechado. La lógica humana y humanizadora nos dice que cuanto
más débil es el ser humano, más requiere nuestra solicitud.
El anteproyecto de ley
En positivo, el anteproyecto mejora moralmente –pero
no significa que sea buena moralmente– la ley de 1988
por:
− la limitación del número de embriones
sobrantes −supernumerarios− crioconservados fruto de los
procesos de FIV
– la limitación del número de embriones
transferidos a la madre, para evitar la proliferación de partos
múltiples, con los riegos asociados
– la puesta en marcha de medidas de control que
garanticen las propuestas legales
− la intención de dedicar a la
reproducción y no a la investigación los embriones producidos
− la prohibición de la reducción
embrionaria, que en sí es un acto abortivo
– la resolución de dar respuesta a los miles
de embriones crioconservados que existen actualmente
– la negación radical de la investigación con
vistas a la clonación
En negativo, dicho anteproyecto presenta serios
inconvenientes por:
− la aceptación de la fecundación in
vitro, que siempre es inmoral
− la gran ambigüedad en la concreción de
las situaciones «excepcionales» que, como en el caso de los
supuestos de la ley de aborto, pueden devenir un verdadero
«coladero». Como afirma María Dolores Vila, catedrática de
bioética de la UNESCO, este anteproyecto no cumple, por tanto, el
primer objetivo de resolver el problema de los embriones acumulados
− la ambigüedad o equivocidad en el
lenguaje, al mencionar el destino posible de las «estructuras
biológicas» fruto de la descongelación
– la aceptación de los progenitores como
«dueños» de los embriones a quienes les corresponde la decisión
de su destino (¿Desde cuándo los progenitores pueden decidir sobre
la vida de sus hijos al margen del bien de éstos?)
– la contradicción que supone, por un lado, el
intento de «defender» los embriones, procurando que no se tengan
que destruir al evitar que se generen embriones sobrantes, y, por
otro, la permisión de la destrucción de embriones descongelados
para la obtención de células madre con vistas a la investigación.
– la posibilidad de experimentar con embriones
no sólo inviables sino también viables, a diferencia de la ley de
1988, que respetaba al menos a éstos últimos.
Por tanto, a la luz de las consideraciones
precedentes, cabe concluir que la reforma que se pretende a la ley de
1988 sobre reproducción asistida, no merece nuestra aprobación. Es
más, mientras no se impida la FIV, la dignidad humana del embrión
estará a merced de intereses económicos y deseos subjetivos.
La encíclica Evangelium vitae, ante los
problemas de conciencia que suscitan algunas leyes, en concreto el
aborto y la eutanasia, ofrece la siguiente orientación a los
parlamentarios: «En el caso pues de una ley intrínsecamente injusta,
[...], nunca es lícito someterse a ella, ni participar en una campaña
de opinión a favor de una ley semejante, ni darle el sufragio del
propio voto. Un problema concreto de conciencia podría darse en los
casos en que un voto parlamentario resultase determinante para favorecer
una ley más restrictiva, es decir, dirigida a restringir el número de
abortos autorizados, como alternativa a otra ley más permisiva ya en
vigor o en fase de votación. No son raros semejantes casos. [...] En el
caso expuesto, cuando no sea posible evitar o abrogar completamente una
ley abortista, un parlamentario, cuya absoluta oposición personal al
aborto sea clara y notoria a todos, puede lícitamente ofrecer su apoyo
a propuestas encaminadas a limitar los daños de esa ley y
disminuir así los efectos negativos en el ámbito de la cultura y de la
moralidad pública. En efecto, obrando de este modo no se presta una
colaboración ilícita a una ley injusta; antes bien se realiza un
intento legítimo y obligado de limitar sus aspectos inicuos.»
Se nos plantea, ahora, si podemos emplear el mismo
principio que enuncia el santo Padre en el caso que nos ocupa, es decir,
la aprobación, por parte de parlamentarios católicos, del anteproyecto
de ley que estamos comentando. La constatación de elementos positivos
en la reforma de la ley en cuestión podría dar lugar a considerar
positiva su aprobación. Sin embargo, teniendo en cuenta los efectos
negativos del anteproyecto de ley, que no ofrecen una verdadera
alternativa restrictiva, el valor pedagógico que posee toda
legislación que, en este supuesto, conllevaría una cierta aceptación
de la FIV, y la posible utilización para experimentación de los
embriones descongelados cuando, como mostraremos, no hay garantía
científica suficiente sobre la determinación del momento de la muerte,
además de la discutida y no suficientemente probada licitud de emplear
las estructuras biológicas de dichos embriones que se consideran
muertos, pueda degenerar en una consideración del embrión como mero material
biológico, pensamos que, en este caso, dar soporte a la mencionada
ley no ayudaría al respeto y a la valoración de la dignidad humana en
los inicios de su existencia. No veo, así, prudente su aceptación
cuando todavía hay posibilidad de profundizar en el debate y de
proponer nuevas alternativas legislativas.
El documento de la Conferencia Episcopal Española
A raíz del nuevo proyecto de ley sobre reproducción
asistida, la Conferencia Episcopal Española (CEE) publicó una nota al
respecto. En ésta, se afirma claramente el estatuto y la dignidad del
embrión. Los cinco primeros puntos de la Nota, con gran claridad y
precisión, manifiestan la concepción que la Iglesia tiene del ser
humano en todas las etapas de su existencia, desde la concepción hasta
la muerte. Denuncia la ley de reproducción de 1988 y ofrece algunos
argumentos antropológicos para avalar su postura, entre los que cabe
destacar la donación amorosa propia del acto conyugal entre esposos en
un contexto de fidelidad como la única manera digna de venir a la
existencia el ser humano. Se rechaza, por tanto, la «producción» de
seres humanos, ya que va contra su dignidad. Y recuerda una obviedad
frecuentemente olvidada: toda intervención sobre la vida humana ha de
encaminarse a su bien.
El estatuto del embrión, que no es un simple
agregado de células, sino un individuo humano en los primeros estadios
de su desarrollo, reclama, por lo tanto, el respeto propio de toda
persona humana. La realidad corpóreo-anímica del ser humano manifiesta
que donde hay cuerpo humano vivo, aunque sea incipiente, hay persona
humana.
La Nota, sin embargo, no carece de expresiones que
pueden entenderse equívocamente, a la vez que toma postura en una
cuestión fuertemente debatida y que no goza de consenso unánime entre
los moralistas, como es la licitud de la descongelación abocada a la
muerte de los embriones humanos. La argumentación que utiliza, a la luz
de la teoría del voluntario indirecto, por la brevedad de la Nota,
carece de los matices necesarios para esclarecer su comprensión:
«Dejar morir en paz no es lo mismo que matar». Esta afirmación,
válida para un determinado contexto moral, no es generalizable como
principio y requiere enmarcarla oportunamente para no generar
confusión. Trataremos esta cuestión posteriormente.
Otro aspecto que merece estudio y clarificación
radica en el destino de los «embriones muertos» y la
posibilidad de investigar con ellos. La Nota presupone que existen
embriones muertos con células vivas, mientras los científicos no se
ponen de acuerdo en cómo se determina la muerte del embrión. ¿Y qué
pasa con los embriones que no mueren al ser descongelados? ¿Hay que
esperar a que mueran para poder ser utilizados como material
biológico? La brevedad del punto séptimo de la Nota de la Conferencia
Episcopal Española puede desconcertar a algunos lectores, sean o
no especialistas en bioética.
Profundicemos en estas dos cuestiones: la muerte del
embrión y la investigación con los embriones presuntamente muertos.
a. La muerte del embrión
¿Cuándo podemos dar por muerto un embrión? Para
responder a esta cuestión, me adhiero substancialmente al artículo del
Dr. Justo Aznar, El criterio de la no viabilidad en células
embrionarias, 18-3-2003.
Los científicos proponen algunos criterios para discernir
si el embrión está vivo o muerto. El primero de ellos es el criterio
de viabilidad. Se entiende por un embrión viable aquel que se presupone
que puede desarrollarse tras la implantación en el útero materno. La
viabilidad se sustenta, al la vez, en un conjunto de características
morfológicas, cuya delimitación no goza tampoco de unanimidad en el
ámbito científico.
Una de las características determinantes de la
viabilidad, fruto de la experiencia en el ámbito de la reproducción
asistida, es el número de células lisadas (rotas) a causa de los
procesos de congelación y descongelación. Se nos plantea el enigma de
si nos encontramos ante un embrión vivo con células muertas o un
embrión muerto con células vivas. No pienso que nadie tenga una
respuesta clara y evidente –que no sea ideológica y partidista a
favor de sus propios intereses, que pueden ser económicos, científicos
o de prestigio profesional– sobre esta cuestión.
La Dra. Mónica López Barahona, tras afirmar, con
realismo científico, que a fecha de hoy no existe ningún criterio
bioquímico que permita definir la viabilidad –que equipara
prácticamente a la muerte del embrión–, propone los siguientes
criterios morfológicos como indicativos de la no viabilidad: la no
división en un determinado número de horas (se considera que está
muerto); la presencia de citoplasma oscurecido, un ritmo de
fragmentación anormal o una inclusión de vacuolas alta en el
citoplasma. Equipara estas alteraciones morfológicas al individuo que
tiene muerte cerebral, pero que su corazón todavía late, que sus
órganos todavía pueden extirparse.
Pienso que la equiparación de la no viabilidad a la
muerte, en los estadios embrionarios, supone un nuevo tipo de eugenesia,
análogo al que es objeto de debate en los foros sobre la eutanasia.
El criterio de viabilidad posee tan poco peso
científico como moral para juzgarlo como decisivo para determinar la
muerte o no del embrión en cuestión. Los datos estadísticos de la
viabilidad muestran lo único que pueden mostrar: el grado de viabilidad
desde una perspectiva estadística. Es más, en la medida en que
embriones «estadísticamente» no viables hayan podido desarrollarse en
alguna ocasión –y esto deben confirmarlo los científicos–, este
hecho daría a entender que no se trataban de embriones muertos con
células vivas que han reiniciado su desarrollo embrionario, sino de
embriones vivos con células muertas que han podido continuar su
desarrollo existencial. Además, cabe la posibilidad de que un embrión
no viable sea un embrión «herido», incluso herido de muerte, pero no
muerto, con todas las consecuencias morales que esto significa.
Nadie, hoy por hoy, que yo sepa, puede determinar la
cuestión científica de si se trata de un embrión muerto a menos que
todas sus células estén muertas, en caso contrario, debe considerase
vivo a menos que se demuestre lo contrario. El criterio estadístico de
viabilidad no puede equivaler a la certificación médica de defunción
del embrión.
Este criterio genera, a su vez, un serio problema
jurídico, tal y como estaba redactada la ley de reproducción asistida,
ya que no es legal investigar con embriones viables, y su viabilidad no
se conoce sin descongelar el embrión e intentar reanimar-lo mediante
cultivo in vitro.
La Dra. López Moratalla propone otro criterio para
la determinación de la muerte de los embriones descongelados y no
reanimados, cuyo enunciado parece equivalente al de la viabilidad, pero
cuya realidad no se identifica. Su opinión, como ella misma
expresa, se basa la capacidad de proseguir el proceso vital embrionario:
«En cada una de las etapas iniciales de la existencia, cada embrión
requiere un medio y unas interacciones específicas muy precisas para
desarrollarse en un proceso de desarrollo embrionario que es continuo.
Sin esas condiciones imprescindibles el embrión muere, al pararse las
funciones vitales que entonces posee: crecimiento y diferenciación
celular en torno a unos ejes precisos dorso-ventral y antero-posterior.
Esa función vital de crecimiento diferencial organizado, en el espacio
corporal y en el tiempo, tuvo su arranque en la activación mutua de los
gametos en la fecundación que originó el cigoto. Detenida la vida por
congelación cesa de inmediato la función vital que está detenida si
tras la descongelación no tiene las condiciones requeridas para
reiniciar y posteriormente continuar el proceso vital de desarrollo. De
forma análoga a como la detección de actividad cerebral permite
constatar si ha acaecido ya, o no, la muerte del individuo, la
imposibilidad fáctica de reanudar el proceso de desarrollo orgánico,
es, en mi opinión, indicativa de que la muerte del
embrión ha acaecido.» Podemos resumir este criterio como la
constatación de la pérdida irreversible de la función vital unitaria
como organismo.
Esta tesis requiere tener en cuenta, para su
verificación, cuando se trata de embriones descongelados que
evidentemente tienen suspendidas sus funciones vitales, la reanimación.
En la medida en que la reanimación surja efecto, podemos afirmar que,
ontológicamente, el embrión era de verdad un individuo humano vivo con
sus funciones vitales suspendidas. La no reanimación del embrión
descongelado, aunque estuviese muerto, implica, por la incertidumbre de
su comprobación, un dejar morir a un ser humano de forma implícita,
cuya valoración moral será objeto de estudio y comentario en el
siguiente apartado. Y, en la medida en que su reanimación surja efecto,
nos encontramos ante la obligación moral de ofrecerle la posibilidad de
continuar su desarrollo mediante la implantación en el útero materno.
¿Poseen, estas opiniones sobre el criterio de
determinación de la muerte, suficiente certeza científica y moral para
proceder a investigar con las células vivas del supuesto cadáver
embrionario? En el ámbito de los adultos, se ha suscitado un debate
análogo sobre la determinación del momento de la muerte. El criterio
de muerte cerebral ha sido imputado por algunos científicos por
hechos como la reanimación de enfermos con diagnóstico de muerte
cerebral durante un largo periodo. En el debate, se han propuesto otros
criterios basados en la integración orgánica del sujeto, apoyándose
en diversos conjuntos de funciones vitales según distintos autores. Si
se plantea la duda razonable de la ineficacia del criterio de
muerte cerebral para determinar físicamente el momento de la
defunción, los protocolos para la extracción de órganos para
transplantes sufrirían un serio descalabro. El santo Padre, Juan Pablo
II, en una reciente intervención con ocasión del XVIII Congreso
Internacional de la Sociedad de Trasplantes, ha iluminado la cuestión
de cuándo una persona se ha de considerar muerta con plena certeza.
«Al respecto, –afirma el santo Padre– conviene recordar que existe
una sola "muerte de la persona", que consiste en la total
desintegración de ese conjunto unitario e integrado que es la persona
misma, como consecuencia de la separación del principio vital, o alma,
de la realidad corporal de la persona. La muerte de la persona,
entendida en este sentido primario, es un acontecimiento que ninguna
técnica científica o método empírico puede identificar directamente.
Pero la experiencia humana enseña también que la muerte de una persona
produce inevitablemente signos biológicos ciertos, que la medicina ha
aprendido a reconocer cada vez con mayor precisión. En este sentido,
los "criterios" para certificar la muerte, que la medicina
utiliza hoy, no se han de entender como la determinación
técnico-científica del momento exacto de la muerte de una persona,
sino como un modo seguro, brindado por la ciencia, para identificar los
signos biológicos de que la persona ya ha muerto realmente.
»Es bien sabido que, desde hace tiempo, diversas
motivaciones científicas para la certificación de la muerte han
desplazado el acento de los tradicionales signos cardio-respiratorios al
así llamado criterio "neurológico", es decir, a la
comprobación, según parámetros claramente determinados y compartidos
por la comunidad científica internacional, de la cesación total e
irreversible de toda actividad cerebral (en el cerebro, el cerebelo y el
tronco encefálico). Esto se considera el signo de que se ha perdido la
capacidad de integración del organismo individual como tal.
»Frente a los actuales parámetros de certificación
de la muerte –sea los signos "encefálicos" sea los más
tradicionales signos cardio-respiratorios–, la Iglesia no hace
opciones científicas. Se limita a cumplir su deber evangélico de
confrontar los datos que brinda la ciencia médica con la concepción
cristiana de la unidad de la persona, poniendo de relieve las semejanzas
y los posibles conflictos, que podrían poner en peligro el respeto a la
dignidad humana.
»Desde esta perspectiva, se puede afirmar que el
reciente criterio de certificación de la muerte antes mencionado, es
decir, la cesación total e irreversible de toda actividad cerebral, si
se aplica escrupulosamente, no parece en conflicto con los elementos
esenciales de una correcta concepción antropológica. En consecuencia,
el agente sanitario que tenga la responsabilidad profesional de esa
certificación puede basarse en ese criterio para llegar, en cada caso,
a aquel grado de seguridad en el juicio ético que la doctrina moral
califica con el término de "certeza moral". Esta certeza
moral es necesaria y suficiente para poder actuar de manera éticamente
correcta. Así pues, sólo cuando exista esa certeza será moralmente
legítimo iniciar los procedimientos técnicos necesarios para la
extracción de los órganos para el trasplante, con el previo
consentimiento informado del donante o de sus representantes
legítimos.»
Son interesantes los elementos que enumera el Papa
para la validez del criterio científico: 1. la muerte, entendida en el
sentido primario de total desintegración de ese conjunto unitario e
integrado que es la persona misma, como consecuencia de la separación
del principio vital, o alma, de la realidad corporal de la persona, es
un acontecimiento que ninguna técnica científica o método empírico
puede identificar directamente; 2. Comprobación, según parámetros
claramente determinados y compartidos por la comunidad científica
internacional (en este caso, dado que la comunidad científica no ha
elaborado aún un criterio común, es loable la discusión
científico-moral de todos aquellos que, con sus estudios y opiniones,
aportan elementos para su clarificación. En este sentido, facilitan el
camino al Magisterio en orden a discernir ulteriormente su validez y
aplicabilidad. No obstante, dichas opiniones deben mantenerse dentro del
ámbito propio de la opinión, del debate científico y moral, pero, por
la prudencia que requieren los temas que estamos tratando sobre la vida
humana incipiente y su dignidad, no deben llevarse al ámbito de la vida
pública con cierto aval de certeza, ya que en caso de hacerse, puede
levantar desconcierto y escándalo, y más, si posteriormente el
Magisterio se manifestara en contra); 3. Aplicación escrupulosa (en
principio, la reforma legal prevista, al establecer el control por el
Centro Nacional de Transplantes y Medicina Regenerativa, pretende
garantizar esta aplicación escrupulosa. Conviene, sin embargo,
evitar las interferencias sesgadas de los interesados en las células
embrionarias y las clínicas de reproducción asistida); 4.
Certeza moral.
Si aplicamos estas afirmaciones, haciéndolas
extensibles a la realidad embrionaria, ¿se puede afirmar que la certeza
moral que se obtiene de la opinión sobre un criterio de
muerte que, como indica el Papa, ninguna técnica científica o método
empírico puede identificar directamente, y que, además, no goza de
unanimidad por la comunidad científica internacional, es suficiente
para proceder a la licitud de la investigación con sus células vivas?
Pienso que la respuesta es que mientras no haya un amplio consenso de la
comunidad científica y una verdadera certeza moral no fundamentada en
una opinión, no debe procederse a la investigación con las células
vivas de un embrión supuestamente muerto. Quizás, con el progreso de
la ciencia, algunos de los criterios expuestos gocen en un futuro más o
menos inmediato de consenso y sirvan moralmente para garantizar
el uso de células de embriones muertos. Ahora, según el estado actual
de la ciencia me parece imprudente e inmoral su utilización.
De hecho, la lógica moral más elemental ante la
incertidumbre científica y moral de la condición de «embrión
muerto» lleva a la no licitud de la destrucción de embriones con
células vivas para obtener el material biológico necesario para la
experimentación.
Sólo en la medida en que, tras el proceso de
descongelación, pudiese demostrarse científicamente que se trata de un
embrión muerto con células vivas podría plantearse la licitud sobre
la investigación con las mismas condiciones y límites del uso de
tejidos u órganos adultos. Profundicemos esta cuestión en el siguiente
apartado.
b. La investigación con los embriones
presuntamente muertos después del proceso de descongelación
¿Qué ocurriría en el caso de la certeza biológica
y moral constatable de la muerte de embriones no congelados o de
embriones descongelados reanimados que no mantienen sus funciones
vitales? El uso, entonces, de células vivas de estos embriones, para
algunos, sería lícito, de la misma manera a como es moralmente bueno
el uso de células vivas e incluso órganos de adultos con la certeza
moral de su muerte y con el consentimiento necesario.
No todos están, sin embargo, de acuerdo. La
intrínseca y total estructura de pecado que envuelve la situación
actual de estos embriones –fabricados, seleccionados y
congelados– determina, para otros, entre los que me cuento, la no
licitud de su utilización, análogamente a cómo no sería licito la
extracción de órganos de sujetos que han sido sometidos a vejaciones
injustas –piénsese, por ejemplo en los experimentos de los nazis con
judíos y miembros de otras etnias– que les ha llevado a la muerte.
¿Quién vería con buenos ojos extraer los órganos o experimentar con
un cuerpo de un niño maltratado por sus progenitores hasta acarrearle
la muerte, incluso con el consentimiento paterno? La asociación de
Médicos cristianos de Cataluña se ha manifestado sobre la
investigación con embriones descongelados con los siguientes términos,
con los que estoy totalmente de acuerdo: «Se trata de una salida que no
respeta la dignidad del ser humano. Si el embrión descongelado y
reanimado es un humano vivo, no se puede experimentar con él a menos
que sea en su propio provecho y con pocos riesgos para su integridad. Si
se trata de un ser humano muerto, con algunas células vivas, la
ineticidad de su manipulación con fines de investigación proviene: de
la manipulación de su origen y de su mismo confinamiento en el
congelador; del desconocimiento, por la ciencia actual, de los criterios
de muerte del embrión; de la posibilidad de que una sola célula pueda,
convenientemente tratada, reproducir el embrión completo (clonación);
de la laguna en experimentación con mamíferos superiores; y de la
propia congelación como sesgo inevitable de cualquier resultado que
pudiera obtenerse.»
Además, para juzgar la moralidad de los actos
humanos, conviene atender todos los elementos presentes en el obrar.
Podría darse la paradoja de que, si se acepta la licitud de investigar
con los supuestos embriones muertos tras el proceso de descongelación
que tenemos en las clínicas de fertilidad, otras clínicas y
universidades católicas pueden acudir a ellas para abastecerse de dicho
«material», que ellas mismas no pueden generar por motivos
morales. El escándalo y la ambigüedad de dicha situación recuerdan la
prohibición que el santo Padre dictaminó ante la participación de los
católicos en los consultorios de asesoramiento de aborto en Alemania.
Por motivos parecidos, esta es una razón más de por qué considero
inaceptable la investigación con el material biológico de los
embriones supuestamente muertos.
¿Significa todo esto la imposibilidad de investigar
sobre las primeras etapas de la vida humana? Conviene matizar la
respuesta.
El proceso del desarrollo embrionario nos muestra que
las células del nuevo ser son, en principio, totipotentes en las
primerísimas divisiones celulares. Una vez llegados al estado de
blastocisto, las células que lo forman son ya pluripotentes. En los
inicios de la FIV se solía realizar el proceso de congelación de los
embriones en sus primeros días. Actualmente se realiza a partir del
cuarto o quinto día. El material que se necesita para la investigación
de terapias regenerativas son, en principio, las células madre que se
obtienen de la masa celular interna una vez destruido el embrión.
Las células totipotentes pueden originar un
nuevo embrión, en la medida en que se cultiven en un medio adecuado y
se traten convenientemente. El desarrollo y destrucción de dicho
embrión sería necesario para la obtención de células madre de la
masa celular interna. Evidentemente, esto es inmoral.
La células totipotentes del embrión, separadas de
la unidad orgánica de la que forman parte, tienen capacidad de iniciar
un nuevo ciclo vital y dar lugar a un nuevo ser. Sólo serian capaces de
reiniciar un nuevo desarrollo, como gemelo del primer embrión, en unas
condiciones muy concretas de colocación en una envoltura similar a una
zona pelúcida de óvulo, medios especiales de cultivo, etc. En la
medida en que estas células pertenecen a un todo orgánico, no son,
evidentemente, embriones dentro de otros embriones. Pero surge la
cuestión de si, aisladas, tienen suficiente dinamismo interno para
generar por sí mismas un nuevo organismo, que requiere para su
desarrollo unas condiciones concretas, o son estas condiciones
especiales las que desencadenan que las células totipotentes acaben
convirtiéndose en un embrión. En el primer caso, se trataría de un
embrión que no puede iniciar sus funciones vitales sin el contexto
necesario; en el segundo caso, no son más que células. En principio,
la comunidad científica afirma que éstas no son más que células. Si
carecieran de la impronta señalada de proceder de embriones fabricados,
congelados y descongelados, su uso para investigación sería lícito
siempre que no sea para producir un nuevo embrión que habría que
destruir para obtener las deseadas células madre.
Para ulteriores clarificaciones, hay que considerar
también la distinción entre el embrión y las organizaciones o
estructuras embrioide, el embrión pronuclear o partenogenético, el
nuclóvulo y el cuerpo embrioide. Lo que algunos llaman embrión
pronuclear o partenogenético es la transformación de un óvulo en una
célula capaz de dividirse (que equivale al huevo huero). Los
científicos afirman que la partenogénesis o multiplicación, sin más
reprogramación del material genético, sólo genera un puñado de
células más o menos organizadas, y no un embrión.
También ha sucedido que la transferencia del núcleo
de una célula adulta a un óvulo desnucleado no siempre produce un
embrión. En la medida en que este óvulo con la dotación nuclear de
otra célula no ha conseguido una buena reprogamación, puede dividirse
durante ciertas etapas, pero no dar lugar a una nueva vida. En este caso
estamos ante un conglomerado de células, que se asocian de forma
parecida a la forma de un embrión, pero no ante un embrión no viable.
En ambos casos estamos ante estructuras embrioides, pero no ante
verdaderos embriones.
Se entiende por cuerpos embrioides las
estructuras que se forman cuando se cultivan células madre
embrionarias. Obviamente no son embriones, sino líneas celulares. Y se
denomina nuclóvulo a la célula resultante de la transferencia de un
núcleo de célula somática a un oocito. Potencialmente es un
«cigoto artificial», que puede dar lugar por multiplicación y
diferenciación a un organismo completo. Pero si éste inicia la
división por mitosis, en un medio de cultivo adecuado, da lugar a un
cúmulo creciente de células, un clon celular, en el que todas las
células son muy similares entre sí y, sobre todo, no tiene
información para convertirse en un «embrión generado
artificialmente».
¿Qué diferencia un conjunto de células humanas
vivas más o menos organizadas de un ser humano vivo individual? El
criterio de discernimiento es de capital importancia para el juicio
moral sobre la licitud de la investigación. ¿Hay algún criterio
biológico claro, que no deje lugar a dudas, para discernir si se trata
de un embrión o de un simple agregado de células? Para la doctora
Natalia López Moratalla, la ciencia biológica actual puede precisar
cuándo y cómo empieza a emitirse un mensaje genético. «Los datos, en
su mayoría muy recientes, permiten distinguir la simple presencia de
una dotación genética completa en la célula óvulo del proceso de
preparación y armonización de todos los componentes celulares (y no
sólo de los cromosomas) para que empiece a vivir un nuevo individuo;
esto es, para que comience la emisión del mensaje que le constituye y
le pertenece.»
Si realmente es así –y no tengo suficiente
información para garantizar la unanimidad de criterio por parte de los
científicos–, no veo ningún inconveniente en el uso de células
vivas de las estructuras embrioides para la investigación, porque no
representa ningún atentado contra la vida o la dignidad de un ser
humano. Ahora bien, si la producción de cuerpos embrioides carece de
suficiente garantía para que no puedan generarse embriones humanos,
entonces el juicio moral es, obviamente, negativo.
La honestidad científica y moral requiere invertir
previamente en experimentación con realidades del ámbito animal, nunca
humanas, hasta alcanzar un nivel de conocimiento suficiente para
garantizar siempre el bien de la vida humana desde su inicio.
c. El destino de los embriones crioconservados: la
adopción prenatal y «dejarlos morir»
Sobre el destino de los embriones crioconservados
hay, actualmente, disparidad de opiniones morales. La lectura de la
literatura moral –fiel al magisterio– sobre esta cuestión no goza
de unanimidad. No existe consenso respecto a su solución. Ciertas
personas y entidades cristianas han optado claramente por la adopción
prenatal. Esta toma de postura, que en principio parece la más
respetuosa con la dignidad del embrión, no deja de suscitar algunos
inconvenientes morales que considero importantes.
Por mi parte defiendo la licitud moral de la
adopción prenatal en algún caso concreto, y el argumento parece
obvio –y subrayo lo de parece porque no pienso que pueda
afirmarse que es obvio–: si es licita la adopción de niños
para su bien, también lo será cuando los adoptados –seres humanos en
estado embrionario– sólo posean escasos días de existencia.
Ahora bien, el argumento no es totalmente evidente.
Hay moralistas que, a la luz de la intrínseca apertura a la alteridad
sexuada de la estructura genital humana como condición de posibilidad
de origen y desarrollo inicial de la vida humana, dudan de la bondad de
la adopción prenatal como camino ético de solución a la situación de
los embriones crioconservados.
Además, el acto moral no debe analizarse sólo desde
una perspectiva aislada. Su contexto es también de enorme importancia
para su valoración moral. Y el contexto de la adopción prenatal,
conociendo la condición humana de los miembros de nuestra sociedad,
tengo el convencimiento –compartido por muchos– que quienes adopten
embriones no querrán habitualmente que puedan ser defectuosos
–¿quien, permítanme la comparación, se atrevería a comer un
pescado congelado desde hace más de cinco años?– y, debido a las
dificultades de implantación y a las molestias que representa para la
mujer, el asegurar el éxito de la transferencia conllevará a una
selección de embriones siguiendo la lógica de inhumanidad –con todo
lo que ésta entraña– de abandonar los más débiles, y generaría a
medio y a largo plazo la conciencia social de la permisión, no sólo de
la adopción prenatal, sino también de la misma bondad moral de la
fecundación in vitro. El argumento de la pendiente deslizante,
tan usado para refutar cuestiones como el aborto o la eutanasia, debe
tenerse muy en cuenta en este tema. Véase, si no, la discusión
paralela que ha suscitado en Alemania la participación de la Iglesia en
la red de consultorios de asesoramiento ante el aborto. No podemos, por
tanto, pretender que la Iglesia se manifieste, en un punto que todavía
está en estudio y en proceso de clarificación, a favor de una medida
en cierto modo opinable.
De aquí que piense que la defensa sin más de la
adopción prenatal no sea un buen camino para el futuro contexto
cultural valorativo sobre el inicio de la vida; es más, creo que irá
en detrimento del mismo. Con esta consideración, no veo nada claro la
licitud moral de campañas que favorezcan la adopción prenatal.
Si, a pesar de todo, la legislación sigue admitiendo
la reproducción asistida, sería muy necesaria la regulación de la
mencionada adopción prenatal con vistas a evitar males mayores.
La CEE se decanta por la descongelación y la
permisión de dejarlos morir. El punto seis de la Nota toma partido por
una cuestión ampliamente debatida y en la que la Santa Sede no se ha
pronunciado definitivamente. Sin embargo, son muchos los estudiosos en
bioética que defienden también esta posición. La CEE compara el
estado de los embriones crioconservados a una situación análoga a lo
que significaría el encarnizamiento terapéutico, en el sentido de
mantener en vida un ser humano en un contexto que no es ya humano, y el
estado de congelación –antinatural y anómala– evidentemente no lo
es.
Por mi parte defiendo también la licitud de esta
medida, pero pienso que el argumento que ofrece la CEE necesita de
clarificación, ya que a todos es patente que dejar morir equivale
a matar si ésta es la intención del agente. Creo que argumentar
con tan pocas líneas a la luz de la tesis del voluntario indirecto es,
hoy en día y en cuestiones tan delicadas, muy peligroso, porque creo
que el voluntario indirecto no da respuesta a muchos problemas morales y
genera, como en este caso, mayores aporías o conflictos que los que
pretende solucionar.
Voluntario es todo aquello que cae bajo el dominio de
la voluntad, y dejar morir, sabiendo que morirán a causa de nuestra
acción, es obviamente voluntario. Argumentar por qué sería lícito la
descongelación de los embriones con la certeza de su muerte, requiere
una comprensión de la racionalidad práctica que no es de fácil
explicación, análogo a intentar explicar por qué emborracharse cuando
se carece de anestesia con vistas a soportar una operación quirúrgica
no es propiamente un acto moral de embriaguez, sino de anestesia
y por tanto lícito, o bien por qué matar conscientemente, no por
accidente, a un injusto agresor (y con ello no quiero si siquiera
insinuar que los embriones congelados son injustos agresores, nada más
lejos de mi intención) no constituye un acto moral de asesinato,
sino sólo de legítima defensa. El desarrollo de esta argumentación
moral requeriría muchos matices y explicaciones que no considero
adecuado llevar a cabo en este breve comentario. Sin embargo, a la luz
de la legítima defensa, podemos darnos cuenta que hay un matar o
dejar morir que, desde la perspectiva poiética o física, puede
no ser moralmente malo, aún siendo totalmente voluntario. El matar
o dejar morir, desde un punto de vista poiético, no posee
aún consideración moral. La moralidad no surge de la neutralidad de un
acto al que se le une una intención, sino de la totalidad de lo que el
sujeto agente realiza voluntariamente. La cuestión es si dejar morir
los embriones crioconservados voluntariamente, descongelándolos, es
moralmente lícito o no. Yo me inclino a pensar que sí es lícito, como
hace la Nota de la CEE, pero rechazo –como ya he argumentado
previamente–la licitud de utilizar, una vez muertos, sus células
vivas para investigación.
Conclusión
Sintetizamos, a continuación, las conclusiones de la
presente reflexión: el rechazo moral de las técnicas de reproducción
asistida por la lógica de inhumanidad que incorporan; la no aceptación
de la nueva propuesta legislativa en torno a las técnicas de
reproducción asistida y al destino de los embriones crioconservados; el
rechazo del voto parlamentario y la necesidad de presentar otras
alternativas legales que ofrezcan verdaderas soluciones acordes con la
dignidad humana; la necesidad de profundizar en los criterios de
discernimiento de muerte en la etapa embrionaria y la necesidad de
medidas prudenciales mientras no exista una verdadera
clarificación; la disconformidad moral con el uso de material
biológico producto de la descongelación de los embriones
congelados; la posible licitud ética, en determinadas condiciones, como
salida humana a un previo proceso inhumano –fabricar, seleccionar y
congelar– y no consentido, de descongelar los miles de embriones que
actualmente están en congeladores para sacarlos de una situación
indigna de existencia, con la conciencia de que esto significará su
muerte; y la dificultad de aceptar campañas que promuevan la adopción
prenatal por los problemas morales que suscita.
Como alternativa, me adhiero, por motivos éticos y
científicos, a la defensa que hacen científicos y moralistas de la
investigación con las células madre de los tejidos adultos, como ha
manifestado también la Iglesia en algunas ocasiones, y a la crítica
que supone de la manipulación de ciertos ámbitos informativos –tanto
de los medios de comunicación como científicos– que pretenden
mostrar la necesidad de obtener células madre de origen embrionario.
Los argumentos son suficientemente conocidos por todos los que defienden
el bien de la vida humana desde sus inicios.
Dr. Joan Costa Bou
22/9/2003
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