Apèndix II sobre els pares de l'Església

HOMILÍA «DESTRUAM HORREA MEA» de SAN BASILIO (PG 31, 261-77)

 

[TENTACIÓN DEL RICO DEL EVANGELIO POR LA PROSPERIDAD]

[118] 1. Doble es el género de tentaciones. Porque o las tribulaciones prueban los corazones, como el oro en el crisol, y hacen ver su buena ley por medio de la paciencia, o bien las prosperidades mismas de la vida se convierten para muchos en ocasión de prueba. Y es así que tan difícil es no dejarse abatir de ánimo en las dificultades de las cosas, como no propasarse a la insolencia en la prosperidad. Ejemplo del primer género de tentaciones es el gran Job, atleta invencible, que, resistiendo con corazón inconmovible y pensamientos inimitables el ataque del diablo, se mostró tanto más por encima de sus pruebas cuanto mayores y más ineludibles parecían los golpes que le asestaba el enemigo.

[119] De las tentaciones que pueden venir de la prosperidad de la vida, entre otros ejemplos que pudiéramos citar, ahí está ese rico de quien se nos acaba de leer en el Evangelio (Lc. 12, 16 y sigs.).Éste tenía ya riquezas y esperaba aún otras; el Dios benignísimo no quiso condenarlo desde el principio por su condición ingrata, sino que a la riqueza presente le añadía otra, a ver si, una ver harto, movía su alma a la liberalidad y mansedumbre.

[120] Dice efectivamente el Evangelio: «Hubo un hombre rico cuyo campo dio copiosos frutos, y pensaba dentro de sí: ¿Qué voy a hacer? Derribaré mis graneros y construiré otros más grandes»(Lc. 12, 16). ¿Por qué, pues, dio ubérrima cosecha el campo de un hombre que no había de hacer bien alguno con ella? Para que brillara más la paciencia de Dios, que extiende su bondad hasta hombres como ése; pues llueve sobre justos e injustos y hace salir su sol sobre malos y buenos (Mt. 5, 45). Mas esta bondad de Dios acarrea mayor castigo sobre los que se han entregado a la maldad. Él trajo las lluvias sobre la tierra cultivada por manos avaras. El hizo que el sol calentara las semillas y multiplicara los frutos por medio de la fertilidad.

[121] Y es así que de Dios se reciben beneficios, como la idoneidad de la tierra, las temperaturas convenientes, la abundancia de semillas, la cooperación de los bueyes y cosas por el estilo, por las que naturalmente prospera la agricultura. ¿Y qué había en este hombre? Carácter duro, aborrecimiento de los hombres, mano muy parca en el dar. Así le pagaba a Dios su bienhechor. No se acordaba de la común naturaleza, no pensaba que debe repartirse lo superfluo entre los necesitados, no tenía cuenta alguna con estos preceptos: «No dejes de hacer bien al necesitado» (Prov. 3, 27) y «La limosna y la fidelidad no te abandonen» ' (lb. 3), y Parte tu pan con el hambriento» (Is. 58, 7).

 

[AMBICIÓN Y ANGUSTIA DEL RICO AVARO EN LA ABUNDANCIA]

[122] Ya pueden clamar todos los profetas y todos los maestros: el rico avariento no oía a nadie. Los graneros reventaban y resultaban estrechos por la cantidad de lo allí amontonado; mas el corazón codicioso no se llenaba con nada. Y es así que, añadiendo constantemente nuevo a lo viejo y aumentando la opulencia con los aditamentos de cada año, vino a parar a esta situación inextricable de no poder desprenderse, por su avaricia, de lo antiguo, y de no poder, por la cuantía misma, dar cabida a lo nuevo. De ahí que todas sus deliberaciones resultaban ineficaces y todas sus preocupaciones sin salida. «¿Qué voy a hacer?»

[123] ¿Quién no compadecerá a un hombre así obsesionado? Desgraciado por la buena cosecha, miserable por los bienes presentes y más miserable por los que espera. La tierra no le produce a él ingresos, sino que le da cosecha de gemidos; no recoge de ella montones de frutos, sino preocupaciones, tristezas y apuro terrible. Se lamenta este hombre como los indigentes. ¿No dice eso mismo cualquiera que está ahogado por la necesidad? ¿Qué voy a hacer? ¿Cómo comer, cómo vestirnos? Es lo mismo que dice este rico. Se lamenta, carcomido el corazón por los cuidados. Lo que a otros alegra, al avaro le consume. Y es que no le alegra tener llenos todos los depósitos de dentro, sino que le angustia el alma el torrente de su riqueza, que se desborda de todos los graneros, pues teme que, de salir afuera, se convierta en alivio de los necesitados.

 

[EL RICO, ADMINISTRADOR DE LOS QUE SON SIERVOS DEL SEÑOR COMO ÉL]

[124] 2. Paréceme a mí que la enfermedad del alma de este hombre se asemeja a la de los glotones, que prefieren reventar de hartazgo antes que dar las sobras a los necesitados. Entiende, hombre, quién te ha dado lo que tienes, acuérdate de quién eres, qué administras, de quién has recibido, por qué has sido preferido a otros. Has sido hecho servidor de Dios, administrador de los que son, como tú, siervos de Dios; no te imagines que todo ha sido preparado exclusivamente para tu vientre. Piensa que lo que tienes entre manos es cosa ajena. Te alegra ello por un tiempo, luego se te escurre y desaparece; pero de todo se te pedirá estrecha cuenta. Tú, empero, lo tienes todo encerrado con puertas y cerrojos, y, no obstante haberlo sellado, pierdes el sueño por tus preocupaciones y deliberas contigo mismo, consejero, por cierto, insensato.

[125] ¿Qué voy a hacer? Debieras haber dicho: «Hartaré las almas de los hambrientos, abriré mis graneros y convidaré a todos los necesitados. Imitaré a José (Cfr. Gén 47, 13 y sigs.), con el pregón de humanidad que voy a echar. Pronunciaré una palabra magnífica. Todos los que necesitéis pan, venid a mí. Como de fuentes comunes, participad cada uno lo que necesite del beneficio que Dios me ha hecho.» Pero no eres tú de ese metal. ¿Cómo lo vas a ser tú, que miras con ojeriza que gocen los hombres; tú, que, tomando mal consejo de tu alma, buscas afanosamente la manera de no repartir a cada uno lo que necesita, sino de almacenarlo todo y privar a todos del menor provecho. Estaban a la puerta los que venían a requerir tu alma, y él estaba echando cuentas sobre comida. Aquella misma noche se lo iban a llevar, y él fantaseaba gozar por muchos años de su prosperidad. Le fue concedido deliberar sobre todo y manifestar en voz alta su sentir, a fin de recibir sentencia digna de libre determinación.

 

[EMPLEO SOCIAL DE LAS RIQUEZAS]

[126] 3. Ten cuidado no te pase a ti lo mismo, pues la parábola se escribió para que no obremos nosotros de ese modo. Imita, ¡oh hombre!, a la tierra. Da frutos como ella, porque no parezcas inferior a un ser inanimado. La tierra no produce sus frutos para su propio goce, sino para tu servicio; mas tú, si algún fruto dieres de beneficencia, lo congregas para ti mismo, pues el premio de las buenas obras revierte a los que las hacen. Has dado a un hambriento, mas lo dado se hace tuyo y revierte a ti con creces. El grano de trigo que cae a tierra se convierte en ganancia de quien lo arrojara; así, el pedazo de pan que has echado al hambriento, te producirá para más adelante mucha utilidad. Sea, pues, para ti lo que es término de la agricultura, principio de tu sementera celeste: «Sembrad –dice la Escritura– para justicia,» (Os 10, 12). ¿Por qué, pues, te angustias, por qué te atormentas a ti mismo, empeñado en encerrar a cal y canto tus riquezas? «Más vale el buen nombre que las muchas riquezas»(Prov. 22, 1).

[127] Y si admiras el dinero por la honra que procura, considera cuánto más ha de contribuir a tu gloria ser llamado padre de innumerables hijos, que no tener en la bolsa innumerables estateres. El dinero, mal que te pese, tendrás que dejarlo aquí; mas la gloria que ganes con tus buenas obras te la llevarás contigo al Señor, cuando en presencia del juez común te rodeará todo el pueblo y te proclamará su sostén y bienhechor y te dará todos los nombres que expresan amor y humanidad. ¿No ves a esos hombres que consumen sus fortunas en los teatros, para pancratiastas, mimos o farsantes o gladiadores, hombres cuya sola vista es para horrorizarse, por un honor que dura un momento, unos aplausos y ovaciones de la turbamulta? ¿Y tú eres escaso en gastos que han de acarrearte tamaña gloria? Dios te alabará, los ángeles te aclamarán. Todos los hombres de la creación tendránte por bienhadado. La gloria eterna, la corona de justicia, el reino de los cielos serán el galardón de las cosas perecederas bien administradas. De nada de eso se te da nada, desdeñando por afán de lo presente los bienes por venir.

[128] Ea, pues, reparte de modo vario tu riqueza, sé ambicioso y magnífico en gastar en favor de los necesitados. Que también de ti se pueda decir: «Derramó, dio a los pobres, su justicia permanece por los siglos» (Ps 111, 9). No vendas a altos precios, aprovechándote de la necesidad. No aguardes a la carestía de pan para abrir entonces tus trojes. Porque «el que sube el precio del pan es aborrecido del pueblo» (Prov. 11, 26). No esperes, por amor al oro, a que venga el hambre, ni por hacer negocio privado la común indigencia. No seas traficante de las calamidades humanas. No hagas de la ira de Dios ocasión para alimentar tu dinero. No abras más, a fuerza de azotes, las heridas de los atribulados. Tú miras el oro, y no miras a tu hermano: reconoces el cuño de la moneda y disciernes la genuina de la falsa, y desconoces de todo punto a tu hermano en el tiempo de necesidad.

 

[TRAGEDIA DEL PADRE QUE SE VE OBLIGADO A VENDER UN HIJO]

[129] 4. A ti te agrada sobremanera el bello color de oro, pero no consideras cuántos gemidos de miserables te van siguiendo. ¿Cómo lograrás ponerte ante los ojos los sufrimientos de los pobres? El pobre, mirando por todos los rincones de su casa, ve que ni tiene oro ni lo tendrá jamás. Su ajuar y vestidos son los que corresponde al dinero del pobre y entre todos no valen unos ochavos. ¿Qué hacer? Echa ahora una mirada sobre sus hijos y no ve otro remedio a la muerte que llevarlos al mercado y venderlos. Considera ahora la lucha entre la tiranía del hombre y el amor paterno. El hambre amenaza con la muerte más espantosa; la naturaleza persuade y arrastra a morir juntamente con los hijos. Muchas veces ha dado ya el hombre unos pasos adelante, y muchas veces se ha vuelto atrás; por fin, la victoria ha quedado de parte de la violencia e inexorable necesidad.

[130] ¡Qué deliberaciones se está haciendo el padre! ¿A quién venderé primero? ¿A quién mirará con más gusto el vendedor de trigo? ¿Tomaré al mayor? Pero me conmueven sus derechos de primogenitura. ¿Al más pequeño entonces? Pero me da lástima su tierna edad, que no sabe aún de desdichas. Éste es un retrato vivo de sus padres; el otro muestra aptitud para las letras. ¡Oh trance sin salida! ¿En qué me voy a convertir? ¿A cuál de éstos voy a herir? ¿De qué fiera voy a tomar el alma? ¿Cómo me voy así a olvidar de la naturaleza? Si a todos los conservo, se verá que a todos los he consumido a fuerza de sufrimientos. Si a uno solo entrego, ¿con qué ojos miraré a los que quedan, hecho ya sospechoso de traición? ¿Cómo habitar en mi casa, cuando yo mismo me he causado la orfandad? ¿Cómo me acercaré a la mesa, que a esta costa puede ser espléndida?

[131] Y el infortunado, entre lágrimas infinitas, marcha a vender al que más quiere de sus hijos, y tú no te conmueves de su tragedia, ni te pasa por las mientes la común naturaleza. A él le apremia el hambre, y tú das larga y te burlas, prolongando aún su calamidad. Él entrega sus entrañas por precio de la comida, y tu mano no sólo no se paraliza al negociar con tamañas calamidades, sino que todavía regateas y escrupulizas sobre el más y el menos, y contiendes porque tomando más, des menos. ¡Así agravas por todos los lados la desgracia del infortunado! No te mueven a lástima las lágrimas, los gemidos no ablandan tu corazón. Todo te deja inflexible e inexorable. Todo lo ves oro, todo te lo imaginas oro; en él sueñas durante la noche, en él piensas despierto. Como los dementes no ven las cosas que tienen delante, sino las que les presenta su enfermedad, así tu alma, presa de la avaricia, todo lo ve oro, todo lo ve plata. Con más gusto quisieras ver el oro que el sol. Todo quisieras que se convirtiera en oro, y, en cuanto de ti depende, así lo intentas.

 

[DIFUSIÓN DE LAS RIQUEZAS]

[132] 5. ¿Qué máquina, en efecto, dejas sin mover por amor al oro? El trigo se te convierte en oro, el vino se te solidifica en oro, las lanas se te tiñen de oro. Todo negocio, toda industria, te acrecienta el oro, y el oro mismo se engendra y multiplica a sí mismo en los préstamos. Y todavía no te hartas ni se columbra término a tu codicia. A los niños golosos les damos muchas veces lo que desean hasta que se harten, de suerte que el exceso y el hartazgo les produce fastidio; no así el avaro, que cuanto más se harta, más desea.

«Si afluyeran las riquezas, no pongáis en ellas el corazón» (Ps 61, 11). Mas tú tratas de poner dique a la corriente, y obstruyes por dondequiera los escapes. Luego, retenidas y remansadas, ¿qué te hacen? Rompen todos los diques, como violentamente retenidas y desbordantes que están, derrumban los graneros del rico y, como si fuera un enemigo invasor, arrasan todos los depósitos. Pero, ¿los construirá acaso mayores? Es incierto si no se los transmitirá destruidos a su sucesor. La verdad es que antes morirá él desgarrado que por su industria avarienta se levanten aquéllos.

[133] En fin, el rico aquel tuvo el fin que merecían sus malos consejos; mas vosotros, si me hacéis caso, abriréis de par en par vuestros graneros y daréis abundante salida a vuestras riquezas; como un río que atraviesa tierra feraz por muchos canales, así vosotros distribuid las riquezas dándoles salida, por múltiples caminos, hacia las casas de los pobres. Si de los pozos se saca toda el agua, sale luego más abundante y limpia; mas si se abandonan se corrompen. Así la riqueza, estancada, resulta inútil; mas si se mueve y pasa de mano en mano, es bien y fruto común. ¡Oh, cuánta alabanza te vendrá de quienes hubieras tú favorecido, alabanza que no es bien que desdeñes! ¡Cuán grande galardón de parte de aquel juez justo, del que no debes desconfiar!

[134] Ten en todo momento ante los ojos el ejemplo de ese rico que fue condenado. Quería guardar lo que ya tenía y estaba ansioso por lo que esperaba. No sabía si había de vivir al día siguiente y anticipaba, pecando, la mañana al hoy. Todavía no había llegado ningún suplicante y de antemano mostraba su ferocidad; no había aún recogido los frutos y ya era condenado de avaricia. La tierra se le había mostrado generosa en sus frutos, le había puesto ante los ojos un alto sembrado en los labrantíos, le mostró abundantes racimos colgando de los sarmientos, le ofreció los olivos rebosantes de fruto y le prometió toda suerte de delicias de los árboles frutales; mas él se mostró tacaño y estéril, pues antes de tener ya miraba con ojeriza a los necesitados. A la verdad, ¡qué de peligros antes de cosechar los frutos! Y es así que el granizo los destroza, y el calor excesivo los arrebata de entre las manos, y el agua, cayendo a destiempo de las nubes, los inutiliza. ¿No ruegas al Señor que acabe su gracia? Mas de antemano te haces indigno de recibir lo que te es ofrecido.

 

[FALTA DE SENTIDO SOCIAL DEL RICO]

[135] 6. Tú hablas para ti mismo en lo escondido; pero tus palabras son examinadas en el cielo, y, por ello, de allí te vienen las respuestas. ¿Y qué es lo que dice el rico? «Alma mía, tienes muchos bienes en reserva, come, bebe, banquetea diariamente» (Lc. 12, 19). ¡Oh insensatez! Si tuvieras alma de cerdo, ¿qué otras buenas noticias le dieras? ¿Tan bestial eres, tan poco entiendes de bienes del alma, que le ofreces los manjares de la carne y, lo que ha de parar en el retrete, eso presentas como regalo a tu alma? Si el alma tiene virtud, si está llena de buenas obras, si se une familiarmente con Dios, entonces, sí, tiene muchos bienes y es bien celebre el banquete hermoso que dice con ella. Mas como tú sólo sabes de sentimientos terrenos, y tienes por Dios a tu vientre, y eres carnal todo, esclavizado por tus pasiones, oye el nombre por cierto que te cuadra, nombre por cierto que no te da hombre de la tierra, sino el Señor mismo: «Necio, esta misma noche te requerirán tu alma, ¿y lo que has allegado para quién será>» (Lc. 12, 20).

[136] Esta irrisión de su necedad vale por un castigo eterno y más. Porque, ¡qué determinaciones está tomando el que está a punto de ser arrebatado! «Derribaré mis graneros y edificaré otros.» Y harás muy bien, le diría yo. Dignos son, en efecto, de ser derribados unos graneros de iniquidad. Echa por tierra con tus propias manos lo que inicuamente edificaste. Destruye esos trojes, de donde jamás salió nadie remediado. Demuele toda casa guardiana de la avaricia, desmantela los techos, derrumba las paredes, muestra al sol el trigo carcomido, saca de la cárcel a la riqueza prisionera, alumbra con pública luz los escondrijos tenebrosos de Mammon.

«Derribaré mis graneros y edificaré otros más grandes.» Y si también llenas éstos, ¿qué otra cosa excogitarás? ¿Los derribarás a su vez y los volverás a edificar? ¿Y qué puede haber de más insensato que trabajar sin tregua, construir con afán y afanosamente destruir? Ahí tienes, si quieres, graneros, las casas de los pobres.

[137] «Atesórate un tesoro en el cielo» (Mt. 6, 20). Lo que allí almacenes no se lo comerá la polilla, ni carcomerá el orín, ni se lo llevarán los ladrones. «Pues ya daré a los necesitados, cuando llene los segundos graneros.» Largos tiempos de vida te has prefijado. Mira no se te anticipe el plazo. A la verdad, esa promesa no es muestra de bondad, sino de maldad. No prometes con intento de dar luego, sino para desentenderte de la obligación presente. ¿Qué es lo que ahora te impide dar? ¿No está ahí el menesteroso? ¿No tienes llenos los graneros? ¿No está preparado tu galardón? ¿No está claro como la luz el precepto? El hambriento se consume, el que anda desnudo está aterido de frío, el que tiene que pagar sus deudas se ahoga, ¿y tú dilatas la limosna para mañana? Oye a Salomón: «No digas: Vuelve que vuelvas y mañana te daré, pues no sabes lo que traerá el día de mañana»(Prov. 27, 15).

[138] ¡Qué mandamientos desprecias por haberte obturado la avaricia los oídos! ¡Cuántas gracias debieras dar a Dios, tu bienhechor; qué contento debieras estar y cómo habías de ufanarte, pues no tienes tú que llamar a las puertas ajenas, sino que son otros los que asedian las tuyas! Pero la verdad es que andas triste y huraño y huyes de toparte con nadie, no sea que, aun contra tu voluntad, se te escape algo de entre las manos. Sólo sabes una palabra: No tengo, no quiero dar, porque soy pobre. Pobre realmente eres, desprovisto de todo bien: pobre de amor a tu prójimo, pobre de fe en Dios, pobre de esperanza eterna. Haz a tus hermanos partícipes de tu trigo; lo que mañana se ha de pudrir, dáselo hoy al necesitado. Linaje pésimo es de avaricia no dar al menesteroso ni siquiera lo que se está corrompiendo.

 

[INJUSTICIA SOCIAL DE LOS RICOS]

[139] 7. ¿A quién, dices, hago agravio reteniendo lo que es mío? ¿Y qué cosas, dime, son tuyas? ¿Las tomaste de alguna parte y te viniste con ellas a

la vida? Es como si uno, por ocupar primero un asiento en el teatro, echara luego afuera a los que entran, haciendo cosa propia lo que está allí para uso común. Tales son los ricos. Por haberse apoderado primero de lo que es común, se lo apropian a título de ocupación primera. Si cada uno tomara lo que cubre su necesidad y dejara lo superfluo para los necesitados, nadie sería rico, pero nadie sería tampoco pobre. ¿No saliste desnudo del vientre de tu madre? ¿No has de volver igualmente desnudo al seno de la tierra? Ahora bien, lo que ahora tienes, ¿de dónde procede? Si respondes que del azar, eres impío, no reconociendo al Creador y no rindiendo gracias al que te lo ha dado. Mas si confiesas que todo te viene de Dios, dinos la razón por que lo has recibido.

[140] ¿Acaso es Dios injusto por habernos repartido desigualmente los medios de vida? ¿Por qué tú eres rico y el otro pobre? ¿No es, absolutamente, para que tú recibas el galardón de tu bondad y buena administración, y el otro sea honrado con los grandes premios de la paciencia? Y tú, encerrándolo todo en los senos insaciables de tu avaricia, ¿no crees cometer agravio contra nadie, cuando a tantos y tantos defraudas? ¿Quién es avaro? El que no se contenta con las cosas necesarias. ¿Quién es ladrón? El que quita lo suyo a los otros. ¿Con que no eres tú avaro, no eres tú ladrón, cuando te apropias lo que recibiste a título de administración? ¿Con que hay que llamar ladrón al que desnuda al que va vestido, y habrá que dar otro nombre al que no viste a un desnudo, si lo puede hacer? Del hambriento es el pan que tú retienes; del que va desnudo es el manto que tú guardas en tus arcas; del descalzo, el calzado que en tu casa se pudre. En resolución, a tantos haces agravios, a cuantos puedes socorrer.

 

[JUICIO FINAL Y DEBERES SOCIALES]

[141] 8. Muy bellos son, decís, esos discursos; pero el oro lo es más. Son como los que se dirigen a los incontinentes sobre la castidad. Efectivamente, los incontinentes, mientras se está vituperando a la amiga, el mero recuerdo los incita al deseo. ¿Cómo te pondré ante los ojos los sufrimientos del pobre, a ver si caes en la cuenta qué gemidos son la fuente de tus tesoros? ¡Oh, de cuánto precio será para ti en el día del juicio la palabra del Evangelio: «Venid, benditos de mi Padre, a poseer el reino que os está preparado desde la constitución del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber»! (Mt. 25, 34).

[142] Y, por el contrario, ¡qué horror, qué sudor y tinieblas no te rodearán cuando oigas la otra sentencia de condenación: «Apartaos de Mí, malditos, a las tinieblas exteriores, que están preparadas para el diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre y no me disteis de comer, tuve sed y no me disteis de beber, estaba desnudo y no me vestisteis» (Ibid 41). No se acusa ahí al ladrón, sino que se condena al que no quiere dar de lo suyo. Yo os he dicho lo que creía seros conveniente; a vosotros toca ahora cumplirlo. Si lo cumplís, ahí tenéis bien claros los bienes que se os prometen. Si desobedecéis, escrita está la amenaza, que yo pido a Dios no probéis por experiencia. Tomar más bien el mejor consejo, a fin de que vuestra riqueza sea redención vuestra y caminéis hacia los bienes celestes que os están preparados por la gracia de Aquél... Amén.