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Doctrina social de la Iglesia
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DE LA RERUM NOVARUM A LA CENTESIMUS ANNUS
SINTESIS DE LOS 12 PRINCIPALES DOCUMENTOS DE LA
DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA
Soy consciente de que el cometido que se me pide es
inversamente proporcional al tiempo de que dispongo --el de una
conferencia-- y al espacio que se me brinda --el de un artículo-.
Entro, pues, directamente en materia.
I.- DE LA CUESTION OBRERA A LA CUESTION MUNDIAL
1.- RERUM NOVARUM, LEON XIII, 1891
Situémonos cien años atrás. El gran tema social
del momento es la entonces llamada "cuestión obrera". León
XIII expone su génesis en la introducción de la Rerum Novarum y la
resume lapidariamente al afirmar que un pequeño número de opulentos y
adinerados ha impuesto un yugo casi de esclavitud a una infinita
multitud de proletarios. Sociológicamente, se trata de un problema;
ético-teológicamente, de un mal. El primero exige solución; el
segundo, remedio. ¿Cuál es la solución-remedio? El Papa se define.
No el intento socialista, consistente en la
supresión de la propiedad privada, como resultado de una lucha de
clases, y en la instauración de una propiedad colectiva, en manos del
Municipio o del Estado. Este pretendido remedio resulta, por un lado,
inadecuado (peor que la enfermedad) y, por otro, injusto. Es inadecuado
en la misma medida en que contradice el fin de quien trabaja (finis
operantis), consistente en ganarse la vida mediante la obtención de
unos beneficios (sobre algo ya propio) o de un salario (a partir de un
contrato laboral estipulado sobre bienes de producción ajenos).
Es injusto en cuanto contradice las dimensiones
personal, familiar y social del ser humano.
a) Personal: ya que el hombre, dotado de instinto,
como los animales, pero superior a ellos por su razón y su libertad, no
se aquieta con el mero uso inmediato, sino que sólo descansa
ontológicamente cuando señorea el origen del uso, en su doble
perspectiva de presente y de futuro. A esta dimensión de dominio,
basada en la razón y la libertad, hay que añadir, de nuevo, la del
trabajo (visto ahora desde el finis operis); en efecto, mediante éste,
la persona imprime el sello de su ser sobre la materia elaborada,
convirtiéndola, de este modo, en legítimamente suya.
b) Familiar: Si, en su evolución normal, el hombre y
la mujer pasan a ser padre y madre de familia, añaden un nuevo título
de propiedad al anterior, ya que, por el mismo hecho, devienen
responsables de la vida y educación de un ser o de unos seres confiados
primordialmente a sus cuidados (y, por consiguiente, de la adquisición
y administración de aquellos medios que son necesarios para satisfacer
sus necesidades, también de presente y de futuro). Ambas dimensiones
--la personal individual y la personal familiar-- pertenecen a lo más
radical de la condición humana y son, por naturaleza, anteriores al
Estado, el cual carece de título sea para usurparlas, sea para
delegarlas.
c) Social: Ello nos lleva a la tercera perspectiva
enunciada, la social. Ligando con lo anterior, y desde un nuevo ángulo
de visión, hay que intuir que una sociedad que se (des)organizara hasta
el punto de institucionalizar colectivamente la violencia usurpadora o
delegante, se trastocaría en sus mismos fundamentos y se transformaría
en antihumana y, por ende, injusta.
Sólo si se reconoce y respeta en todos los seres
humanos (no meramente en algunos) su estructura de señorío en
relación con el cosmos ("Creced, multiplicaos, dominad la
tierra": Génesis), y la consiguiente potestad sobre unos concretos
bienes económicos en tanto que fuente de sustentación y espacio de
libertad, se parte de una base correcta para solucionar-remediar la
cuestión obrera. "Cuando se plantea el problema de mejorar la
condición de las clases inferiores, se ha de tener como fundamental el
principio de que la propiedad privada ha de conservarse
inviolable", sentencia Rerum Novarum al final de esta primera
sección.
Desechado, pues, el socialismo violento y
colectivizante, hay que buscar la solución de la otra violencia --la
originante, la del capitalismo liberal, denunciada, aunque no así
nombrada por la encíclica-- a partir de tres agentes simultáneos: la
Iglesia, el Estado, y los propios Interesados, es decir, los patronos y
los obreros.
La Iglesia, en primer lugar y principalmente, dado
que aporta, tomadas del Evangelio, una decisiva doctrina y una concreta
acción. Su doctrina exige simultáneamente la justicia en los contratos
salariales, la amistad en la comunión-comunicación de bienes y la
fraternidad en la vivencia de la condición creatural y redentora;
exige, sencillamente, que todos seamos justos, amigos y fraternos.- Su
acción, ya desde los tiempos fundacionales, se flecha constantemente a
formar en la virtudes y a acentuar la dimensión
comunicativo-distributiva de todo tipo de bienes, incluidos
específicamente los económico-sociales. Son muestra de ello la
comunidad de Jerusalén, las colectas paulinas, la paulatina formación
del patrimonio de los pobres que llega, desde las aportaciones a pie de
altar en la celebraciones eucarísticas, hasta los movimientos e
instituciones de todo tipo organizados en función de las omnímodas y
crecientes necesidades humanas (el tema de la acción de los seglares en
el mundo no se trata todavía, teológicamente, en la encíclica, aunque
sí se hable de su acción práctica en la última parte, como veremos
en seguida).
En segundo lugar, decíamos, el Estado. Este
contribuye a la solución de la cuestión obrera de dos modos, global,
uno; específico, otro. Desde el punto de vista global, por el mero
hecho de realizar adecuadamente su cometido de agente de la prosperidad
general, crea las mejores condiciones posibles para la liberación y
promoción de la clase proletaria. Ahora bien, dado que, en su
desviación liberal se caracteriza por una acción unilateral, directa o
indirecta, en favor de la clase burguesa, un Estado ética y
políticamente justo debe no sólo abrirse, sino también dedicarse de
manera principal a la clase inferior, puesto que la alta goza ya de sus
propios medios de defensa, mientras que ella, la baja, desde su
precariedad, tiene específico derecho a ser ayudada de modo preferente
por la autoridad de la comunidad política.
¿En qué se traduce concretamente lo dicho?. En tres
tipos simultáneos de acción de los poderes públicos. El primero se
centra en la protección de la propiedad privada y la evitación, ya en
sus mismas fuentes, de la huelga. El segundo brinda la garantía eficaz
de unas condiciones humanas de trabajo que afectan a las dimensiones
espiritual y corporal del obrero, en cuanto a edad, sexo, salud,
horario, descanso y posibilidad de cumplimiento religioso. El tercero se
flecha, por un lado, hacia la justicia del contrato laboral, justicia
que exige una remuneración que sea suficiente para el sustento del
obrero; y, por otro, hacia una concreta intervención de las leyes:
aquella que viabiliza de hecho una universal obtención de la propiedad.
Este último objetivo sólo puede realizarse por medio de un salario que
posibilite el sustento familiar y un ahorro suficiente.
Finalmente, y en tercer lugar, la acción de los
mismos Interesados, patronos y obreros. Después de enumerar
fácticamente diversas instituciones de ayuda y cooperación
(mutualidades, entidades de previsión, patronatos, asociaciones
obreras) y de mostrar su gozo por la extensión creciente de éstas
últimas, sean de solos obreros, sean mixtas; León XIII enuncia su
conveniencia, pleno derecho y cometido.
a) La conveniencia de estas instituciones radica en
la misma estructura comunitaria de los seres humanos: por un lado,
necesitados de mutua ayuda y, por otro, tendentes a una recíproca
promoción (la encíclica subraya sobre todo el primer aspecto).
b) La plena facultad de formar estas asociaciones es
reivindicada a continuación: constituir sociedades privadas ha sido
concedido al hombre por derecho de naturaleza. El Estado debe, por
consiguiente, garantizar este derecho y sólo puede intervenir en el
ámbito asociacional en función del bien común. Ante los ojos del Papa
se hacen presentes, en ese momento, tres tipos de uniones: las
congregaciones religiosas, que elogia y defiende; las asociaciones
dirigidas por agitadores, que obviamente rechaza; y las agrupaciones
católicas, cuyos incremento augura y cuya protección, sin
intromisión, por parte de la autoridad, reclama.
c) Pasando al cometido, después de dar unas pistas
prudentes sobre la reglamentación de las asociaciones, León XIII
acentúa ante todo la dimensión religiosa de éstas (búsqueda
prioritaria del Reino de Dios, instrucción religiosa, costumbres
cristianas), para pasar luego al tema de su funcionamiento con vistas al
bienestar institucional y personal. Evidentemente, uno de los objetivos
que requiere mayor atención es el de procurar abundancia de trabajo a
todos los miembros.
La anterior trilogía pone en evidencia la
importancia de la acción de los seglares a la que aludí más arriba.
No quiero terminar esta síntesis sin referirme al sentido alegato en
pro de una gran efusión de la caridad cristiana con que el Papa
clausura su decisiva enseñanza.
2.- QUADRAGESIMO ANNO, PIO XI, 1931
Cuarenta años después de la Rerum Novarum, Pío XI
ofreció a la Iglesia la segunda gran encíclica social, enfocada,
ahora, no ya a la solución-remedio de la cuestión obrera (el conflicto
capital-trabajo característico del siglo XIX), sino a la restauración
del orden social y su perfeccionamiento según la ley evangélica. Al
pasar del desorden sectorial de las relaciones de producción, en pleno
corazón de la era industrial, al desorden global de la sociedad
occidental, a inicios de los años treinta, el Papa de la Acción
Católica abrió nuevos horizontes a la que denominó Doctrina social
católica, Doctrina social cristiana, Filosofía social cristiana,
Doctrina leoniana (refiriéndose a su predecesor), Doctrina de la
Iglesia, Doctrina evangélica etc. Con Pío XI se pasó de la cuestión
obrera a la cuestión social.
La primera parte de Quadragesimo Anno evoca
históricamente tanto la enseñanza como los beneficios de la Rerum
Novarum en el triple aspecto -- Iglesia, Estado, Interesados -- que
acabamos de considerar. Al obrar de este modo, Pío XI inició una de
las futuras constantes de la citada Doctrina social, la de su momento de
continuidad, persistencia, relectura, constituyendo de este modo una sub-tradición
específica dentro de la gran tradición comunitario-social de los
veinte siglos de Catolicismo.
La segunda parte defiende y desarrolla la Rerum
Novarum, con lo que origina asimismo otra dimensión permanente del
Magisterio social,la de profundización de las enseñanzas anteriores
con sus variantes de discernimiento, aclaración, acomodación, etc. Una
vez afirmado el derecho y el deber pontificios de juzgar con autoridad
suprema en materia económico-social desde la vertiente moral --misión
que, a la luz del ministerio apostólico, había ya reivindicado León
XIII--, Pío XI profundiza en el doble orden de las personas y de las
instituciones. En el primero --personas-- subraya la dimensión social
de la propiedad; ahonda en las relaciones capital- trabajo a partir de
su complementariedad; y reinvindica como debido por justicia el salario
familiar. En el segundo --instituciones--, destaca la función
subsidiaria del Estado; delinea un tejido interprofesional que presenta
como alternativa, en clave de libre y ordenada cooperación, a la
tensión y al enfrentamiento que es propio del contrato de salario
capitalista-liberal, enmarcado en la lucha de clases; e inculca que el
principio rector de la economía radica en el binomio justicia-caridad.
La tercera parte se adentra en los horizontes de las
nuevas realidades que ofrece el ámbito económico-social de su tiempo.
De este modo, Quadragesimo Anno, abre, a su vez, un tercer aspecto, el
de la innovación, novedad, renovación, que caracterizará también
todos los grandes documentos subsiguientes. (Entre paréntesis:
observemos que la trilogía
"continuidad-profundización-novedad" puede reducirse al
binomio "continuidad-renovación", que sintetiza y expresa
ulteriormente la tensión bipolar que distinguirá a la Doctrina social
de la Iglesia). ¿Cuáles son estos horizontes?: los que muestra la
evolución protagonizada tanto por la Economía liberal como por el
Movimiento socialista de aquella época.
Respecto a la primera, Quadragesimo Anno la describe
en sus tres momentos de autofagotización competitiva (el fuerte se come
al débil, con lo que se origina una red de potentes monopolios); de
proyección política nacional (desde el poder económico se pretende y
se logra el control del poder político, en el ámbito intraestatal); y
de expansión internacional (se crea un entramado económico-político
con intención de dominio mundial). Mediante este crescendo la Economía
de signo liberal- capitalista muestra su faz horrenda, cruel, atroz.
Recuérdense, entre otros datos, las causas y las consecuencias de la
espectacular caída de la bolsa de Nueva York, a finales de los veinte.
En lo que atañe al Movimiento socialista, Pío XI
toma buena nota de su escisión en dos ramas: la marxista-leninista-stalinista,
cuyo comunismo ateo obliga a un rechazo teológico-moral absoluto; y la
socialdemocrática, cuyas suavizaciones en materia de propiedad y de
lucha de clases llevan al planteamiento de una posible cooperación
católico-socialista. Este planteamiento, contra lo que a primera vista
es tentador afirmar, no puede resolverse mediante una respuesta
positiva: Pío XI considera que el Socialismo atenuado de su tiempo,
tanto económico como educador, continúa siendo incompatible con la
conciencia y la opción católicas.
Abandonados, pues, los errores tanto del Capitalismo
como del Socialismo, todo miembro fiel de la Iglesia debe avanzar por el
único camino de solución posible: el que se empeña en la renovación
cristiana de la sociedad; dado que es en su profunda descristianización
donde enraízan los males que padece y que hay que remediar a toda costa
por imperativo evangélico. Dicha renovación requiere que las
actividades humanas imiten y reproduzcan el plan divino (implicador de
la templanza cristiana) y que se dé la primacía a la ley de la
caridad, la cual, desde luego, no es ningún sucedáneo de la justicia.
De este doble espíritu de templanza y amor surgirá la restauración de
la sociedad humana en Cristo, cuyos agentes --Papa, Obispos, clérigos y
laicos-- han de entregarse esforzadamente al trabajo. Pío XI señala
los frutos incipientes de restauración social que se dan en su tiempo;
da la consigna de que los primeros e inmediatos apóstoles de los
obreros sean los propios obreros y los del mundo industrial y comercial
los que pertenecen a sus respectivos grupos; exhorta a Obispos y
sacerdotes a ejercer fielmente su cometido; y aboga por una Iglesia
firme, conmovida por los males y que todo lo intenta, a partir de la
conciencia de su responsabilidad.- Como vemos, también aquí se da un
ulterior profundización de la doctrina leoniana.
3.- LA SOLENNITA, PIO XII, 1941
Tras los inicios de la
segunda guerra mundial, este radiomensaje de Pío XII, que no
encíclica, se concentra sobre tres temas: el uso de los bienes
materiales, el trabajo, la familia.
Sobre el primer punto, la Solennità da un paso
importantísimo con vistas a captar el sentido radical de una propiedad
que sea verdaderamente digna de la persona. ¿Cuál? El que se concreta
en el derecho de todo ser humano a aquella parte de los bienes
terrestres que necesita para su efectiva realización. Pío XII lo
elucida trenzando las siguientes afirmaciones: a) Todo hombre, en cuanto
viviente dotado de razón, posee por naturaleza el derecho fundamental
de usar los bienes materiales de la tierra. b) Este derecho individual
no puede ser suprimido de ninguna manera, ni siquiera por parte de otros
derechos ciertos y pacíficos sobre los bienes materiales. c) Se sigue
de ello que tanto la propiedad privada como el libre comercio deben
subordinarse a dicho derecho primario y fundamental. d) Sólo así se
logrará que la propiedad y el uso de los bienes, en su cristalización
jerárquica, aporten profunda paz y vital consistencia a la sociedad. e)
El citado derecho originario ofrece una base material segura para que el
hombre se eleve al cumplimiento de sus deberes morales. f) Si todo esto
se verifica, se logrará lo que el mismo Papa había escrito en su
anterior encíclica (Sertum Laetitiae): que los bienes, creados por Dios
para todos los hombres, afluyan equitativamente a todos ellos según los
principios de justicia y de caridad.
Paso brevemente a los otros dos puntos, trabajo y
familia. El Papa subraya que el derecho y el deber de organizar el
trabajo del pueblo pertenece ante todo a los inmediatamente interesados,
es decir, a los empresarios y trabajadores: el Estado tiene el deber
subsidiario de intervenir si, agotados todos los medios, aquéllos no
logran llevar a buen término el cometido que prioritariamente les
corresponde.- Respecto a la familia, nuestro radiomensaje acentúa la
importancia que la propiedad-tierra ("un terreno") tiene para
la vivencia eficaz del derecho a la posesión privada de bienes que es
propio de todo padre de familia.
Al publicarse con motivo del quincuagésimo
aniversario de la Rerum Novarum, la Solennità presenta, desde luego,
todos los caracteres de "continuidad-renovación" arriba
resumidos. La continuidad se subraya en un clima de gratitud, que alaba
a Dios: de recuerdo, que enumera los beneficios de la encíclica; de
profundización, que bucea en algunos de sus puntos básicos. La
renovación se explicita al ofrecer ulteriores principios directivos
morales en base a la trilogía que he sintetizado. Por otra parte, desde
la convocación de "los hijos del universo entero" a una
especie de breve reunión católica (con plena conciencia de que la
postguerra comportará un nuevo orden mundial), la línea de progresiva
ampliación de la cuestión social se hace patente en este radiomensaje.
4.- MATER ET MAGISTRA, JUAN XXIII, 1961
La citada ampliación inicia su etapa culminante en
la Mater et Magistra de Juan XXIII, publicada con motivo del
septuagésimo aniversario de Rerum Novarum. En efecto, la nueva
situación histórica obliga a captar y a afirmar --lo veremos en
seguida-- que el problema mayor de la época es, quizá, el del
desequilibrio, en el plano mundial, entre los países desarrollados y
los subdesarrollados. La cuestión social tiene ya como principales
protagonistas a los pueblos -- unos ricos, otros pobres-- de la tierra.
De ahora en adelante, éste será el marco primordial de referencia de
los sucesivos textos magisteriales, marco cuyo plural contenido se irá
explicitando a medida que lo reclamen las diversas exigencias de la
realidad.
Es de esperar, por un lado, y de temer, por otro, que
dentro de un tiempo --¿siglo XXI?--, la cuestión social habrá
adquirido connotaciones metaplanetarias, si no todavía
interplanetarias. El creciente dominio del espacio, más allá del
hábitat normal de la Tierra, comporta ya inicialmente --lo sabemos
todos-- aspectos positivos (vg., en el ámbito de las comunicaciones) y
negativos (vg., la denominada guerra de las galaxias). ¿Qué ocurrirá
cuando se establezcan y se consoliden las primeras generaciones de
colonias espaciales?. Retomaré brevemente el tema en el epílogo.
Habida cuenta del esquema bipolar que nos guía,
podemos constatar que las dos primeras partes de Mater et Magistra se
centran en la dimensión de continuidad y, las dos siguientes, en la de
renovación.
Respecto al momento de continuidad, con su aspecto
predominante de constancia, la encíclica traza, en el primer capítulo,
una síntesis histórica que abarca Rerum Novarum (características,
principios, eficacia, importancia decisiva como "carta magna"
dentro de la Doctrina social de la Iglesia); Quadragesimo Anno (que
reafirma el derecho y el deber de intervención, corrobora y aclara
Rerum Novarum, aplica la Doctrina social a una nueva época, y se
fundamenta, por una parte, en el binomio justicia-caridad y, por otra,
en la postulación de una sociedad renovada jurídica, nacional e
internacionalmente); y La Solennità (que reafirma el derecho de
intervención y profundiza en la trilogía bienes, familia, propiedad).
Esta misma continuidad, en su aspecto de
profundización, da pie, en el segundo capítulo, a una acentuación y
aclaramiento de las enseñanzas de los predecesores. Veámoslo en los
cinco puntos siguientes. Primero: iniciativa privada y poder público
deben equilibrarse, desde su mutuo requerimiento, en beneficio de una
creciente realización de la persona humana. Segundo: la socialización
a la que se asiste en aquellos años, caracterizada por una incesante
multiplicación de las relaciones de convivencia, puede y debe
repercutir en bien del hombre y del ciudadano, a condición de que sea
rectamente conducida. Tercero: progreso social y desarrollo económico
han de avanzar, juntas las manos, en bien, por un lado, del mundo del
trabajo y, por otro, de la empresa, que tiene derecho a sus justos
beneficios. Cuarto: los trabajadores, a su vez, tiene derecho a una
eficaz presencia en las estructuras económicas y en los niveles
políticos donde se deciden las grandes líneas de la vida
económico-social. Quinto: la propiedad privada, si bien múltiplemente
modulada con el correr de los tiempos, conserva su profundo valor de
humanización, teniendo siempre en cuenta, por supuesto, la constitutiva
dimensión social que la caracteriza.
Pasemos al otro polo, el de la innovación. Mater et
Magistra expone el pensamiento de la Iglesia sobre los nuevos y más
importantes problemas del momento en dos secciones. La inicial describe
un triple desequilibrio. a) Empieza por el que se da intrasectorialmente
dentro del ámbito de la Economía (entre agricultura industria y
servicios); Juan XXIII redacta, al respecto, un vigoroso alegato en
favor del sector más deprimido, la agricultura. b) Sigue con el que
tiene lugar entre las diversas zonas o regiones de un mismo Estado; la
encíclica postula las consiguientes reformas equitativas. c) Culmina
con el que se sufre a nivel planetario y que atañe a una doble
desproporción, la existente, por una parte, entre países, y la que
surge, por otra, entre incremento demográfico y desarrollo económico.
Es al hablar de la primera desproporción cuando Juan
XXIII afirma --como avancé metodológicamente-- que el desequilibrio
entre países desarrollados y en vías de desarrollo constituye, tal
vez, el problema mayor de nuestros días. Una vez detectada esta
gigantesca tensión, el Papa propone unas pistas de solución-remedio
sobre el quíntuple fundamento de la solidaridad, la cooperación, la
experiencia, el respeto y la salvaguardia del sentido moral de los
pueblos.
El otro problema, que atañe al desnivel entre
población y medios de subsistencia, exige objetividad (no hipertrofiar
indebidamente la cuestión) y reclama simultáneamente un desarrollo
económico-social justo al par que el debido respeto no sólo a la
dignidad humana, sino también a las leyes por las que se transmite y
consolida la vida. Unicamente una colaboración mundial que, partiendo
de la interdependencia de los Estados, establezca un buen entendimiento
entre ellos, posibilitará --añade Mater et Magistra-- la superación
del vigente clima de desconfianza, que conduce al mutuo terror y a la
consiguiente carrera de armamentos.
La segunda sección aboga de manera global por una
profunda reconstrucción de las relaciones de convivencia que se base en
la perenne eficacia de la Doctrina social de la Iglesia, cuyo primer
principio es el hombre (sociable por naturaleza y elevado a la
condición divina), fundamento, causa y fin de todas las instituticiones
sociales. Sólo de este modo se pueden superar las intrínsecas
deficiencias de tantas ideologías, a saber, la parcialidad, el
naturalismo y la arreligiosidad. Esta Doctrina social de la Iglesia
comporta un doble momento de instrucción y educación que pasa a
coronarse con la acción, un acción plasmada en la caridad (que
intraune) y en la pluralidad que (héteroenriquece); una acción de la
que los seglares --competentes y comprometidos-- son principalmente
responsables y que, bajo determinadas condiciones, deben ejercer en
colaboración con otros hombres que poseen un distinta concepción de la
vida. Así Juan XXIII profundiza ulteriormente en la línea de la
presencia y acción de los laicos dentro de la Doctrina social de la
Iglesia.
5.- PACEM IN TERRIS, JUAN XXIII, 1963
El planteamiento de la cuestión social a nivel
planetario, efectuado por Juan XXIII, se completa con su otra encíclica
sobre la paz en la tierra, dada a luz en 1963. En un principio, la Pacem
in Terris no se vió como encíclica social, sino política; pero Juan
Pablo II, en la Laborem Exercens, la insertó conscientemente dentro del
cuerpo de la Doctrina social de la Iglesia, razonando su decisión a
partir del binomio conciliar Justicia y Paz. El genio de la Iglesia,
vino a decir, consiste en luchar por la justicia con las armas de la paz
y con la pretensión de una victoria cuyo contenido es asimismo la paz.
Entremos, pues, también en la captación sintética de este nuevo
documento, que tuvo no sólo una vasta resonancia mundial, sino también
una fuerte repercusión política en el Estado español, situado
entonces bajo el signo del "Movimiento nacional", cuyos
fundamentos contribuyó a conmocionar seriamente.
El problema-mal que aborda Pacem in Terris consiste
en el desorden de las relaciones humanas de convivencia. Estas emergen
extrañamente aberrantes en un mundo cuyo ordenamiento sub-racional,
sincrónicamente considerado, sigue unas leyes concretas. La encíclica
se subdivide en cinco partes, reductibles a tres secciones. La primera
sección (y primera parte) aborda las relaciones sociales. Su principio
fundamental es: todo hombre es persona. ¿Y qué es ser persona? Es ser
una naturaleza inteligente y libre, sujeto de derechos y de deberes que
son, a la vez, universales, inviolables e inalienables; naturaleza que
ha sido elevada al orden sobrenatural: en y por Cristo el hombre es hijo
de Dios, Padre. La encíclica enumera con sobria abundancia una serie de
derechos que fluyen de la personas, los cuales implican a su vez un
recíproco conjunto de deberes. La convivencia humana es genuina y
estable cuando estriba al mismo tiempo en la exigencia constante y
coherente de los derechos y en la práctica permanente y consecuente de
los respectivos deberes. Cuando el ser humano se comporta de este modo,
se abre a la verdad, la justicia, el amor y la libertad y, por
consiguiente, a Dios, fundamento tanto de los valores que enriquecen a
la persona como de la persona que origina los valores.
La segunda sección realiza el paso del ámbito
social al político, del orden a la ordenación, en tres momentos --intraestatal,
interestatal y planetario-- que se corresponden con las partes segunda,
tercera y cuarta de la encíclica.
Intraestatalmente, son objeto de exposición: a) la
autoridad, que vertebra vincularmente un ordenamiento concreto, entre
varios posibles, del polivalente orden convivencial humano; lo hace con
vistas a que la sociedad sea ordenada y fecunda en bienes; b) el bien
común, fin primordial de la autoridad, que facilita positivamente la
realización de la persona y de los grupos intermedios, en función del
reconocimiento, promoción y armonización de los derechos humanos; c) y
la ordenación jurídico-política de la sociedad, cristalizada en una
triple división de funciones, facilitadora de la participación y
sujeta a periódica renovación.
Interestatalmente, el texto urge unas relaciones
entre las comunidades políticas de tal temple que: a) al estribar en la
verdad, evitan la discriminación racial y se construyen sobre la
plataforma de la igualdad en dignidad, el derecho a la buena fama y la
veracidad en la información. b) Al regularse por la justicia, llevan a
un recíproco comportamiento según derecho-deber y, más en concreto, a
una solución correcta del problema de las minorías étnicas,
reconociendo y promoviendo su lengua, cultura, tradiciones, recursos e
iniciativas económicas, al par que facilitándoles su participación
--que el Papa urge-- en el bien común estatal. c) Al incrementarse por
la solidaridad, facilitan la comunicación interciudadana e intergrupal;
luchan por superar las desproporciones y articular una eficaz
cooperación; acogen a los exiliados políticos injustamente tratados;
hacen disminuir y, en su caso, cesar la carrera de armamentos y/o se
prestan a reducción simultánea de los mismos, llegando hasta el
desarme de las conciencias; y establecen, finalmente, un equilibrio
basado en la mutua confianza. d) Al ordenarse según la libertad,
facilitan la promoción de los pueblos en vías de desarrollo, a partir
de su prioritario protagonismo y evitando toda especie de
neocolonialismo.
Planetariamente hablando, Pacem in Terris,
avanzándose en muchos decenios a la marcha de la historia, postula el
surgimiento de un autoridad mundial (originada por libre y mutuo acuerdo
de los Estados y orientada hacia una actuación subsidiaria) como medio
hoy únicamente eficaz de conseguir el bien común universal. La sola
acción político-diplomática interestatal es insuficiente para
promoverlo.
La tercera sección --que se identifica con la quinta
parte-- traza unas normas para la acción temporal del cristiano. Se
resumen en una doble consigna: de participación (que no se inhibe), por
un lado; y de colaboración (que crea activamente), por otro. Esta
colaboración ha de abrirse, por parte de los católicos, a los
cristianos separados y a todos los hombres de buena voluntad, incluidos
los que yerran, dado que hay que distinguir siempre entre errante y
error, al igual que hay que discernir entre las ideologías y las
corrientes históricas -- partidos, sindicatos, etc.-- por ellas
originadas. Con la bandera de la evolución en la mano, los cristianos
son llamados al establecimiento de unas relaciones sociales que sean
verdaderamente humanas, bajo la égida --recordemos nuevamente la famosa
cuatrilogía-- de la verdad, justicia, caridad y libertad.
II.- LAS POLIVALENTES CONFIGURACIONES DE LA CUESTION
MUNDIAL
6.- GAUDIUM ET SPES, CONCILIO VATICANO II, 1965
Si hasta ahora hemos resumido y secundado la
enseñanza social de cuatro Encíclicas más un Radiomensaje, en estos
momentos damos un salto cualitativo a fin de enriquecernos con los
principios y las directrices de una Constitución Pastoral --la Gaudium
et Spes-- de calibre conciliar. La voy a sintetizar también, teniendo
siempre ante los ojos su carácter englobante: con ello quiero
significar que abarca no sólo las anteriores dimensiones, sino también
otras nuevas hasta ahora no tratadas ex professo por los documentos ya
analizados.
Después de un proemio que precisa los conceptos
básicos de Iglesia, por un lado, y de Mundo, por otro, el capítulo
introductorio describe la situación del hombre en el mundo actual a la
luz de cuatro categorías: cambios (científico-técnicos, sociales,
sociológicos, morales y religiosos); tensiones (personales,familiares,
raciales, sociales, internacionales); aspiraciones (de dominio del
cosmos; de un nuevo orden político, económico y social; y, sobre todo,
de vida plena, de dignidad, de comunión); e interrogantes (nacidos de
la condición creatural y pecaminosa del hombre y centrados en las
preguntas decisivas de la existencia: ¿qué es el hombre? ¿cuál es su
origen y destino?).
La primera parte de la Constitución, preferentemente
doctrinal, se construye sobre la tríada Persona-Sociedad-Actividad
humana, vista desde un alto nivel de reflexión --trinitaria,
cristológica y eclesiológica--, sin descuidar el enfoque
antropológico-filosófico. Me centraré sólo en el segundo componente.
Al tratar de la sociedad o comunidad, Gaudium et Spes se circunscribe
voluntariamente a recordar algunas verdades fundamentales y a subrayar
coherentemente ciertas consecuencias que de ellas derivan.
Son verdades básicas las concernientes a: a) la
índole comunitaria de la vocación humana según el Plan de Dios,
índole que se explicita a través de las realidades de familia
universal (con Dios como Padre); mandamiento del amor (a Dios y el
prójimo); y referencia trinitaria (unión de las tres divinas personas
). b) La interdependencia existente entre la persona y la sociedad, a
tenor de la cual toma relieve la absoluta necesidad de vida social que
tiene el ser humano, necesidad que cristaliza en la familia y en la
comunidad política y que se explicita, además, libremente, en las
muchas asociaciones en que se trenza la existencia de los hombres (hoy,
por cierto, con tal intensidad, que vivimos --recuerda el Concilio,
siguiendo las huellas de la Mater et Magistra-- en una época de intensa
socialización). c) La promoción del bien común, en función de los
derechos y del bien de la persona, íntegramente reconocida y servida.
El orden real debe someterse al orden personal.
Respecto a las consecuencias, Gaudium et Spes da
lógicamente un realce significativo al total respeto a la persona
humana, incluidos los adversarios (sin que ello suponga indiferencia
ante la verdad y el bien); a la igualdad esencial entre los hombres (que
comporta el ejercicio de la justicia social y de la equidad); a la
superación de la ética individualista (concretando pistas para su
logro); y finalmente, al fomento eficaz de la responsabilidad y la
participación.
Cristo, el Verbo encarnado, es el modelo y el agente
fundamental de la genuina solidaridad humana. La Iglesia, sacramento de
la unión de los hombres con Dios y entre si, al ejercer su cometido
propio, que es constitutivamente religioso, origina funciones, luces y
energías que pueden servir, y sirven decisivamente, para establecer y
consolidar la comunidad humana según la ley divina (cfr. nº 42).
Respecto a la familia, el texto, después de enumerar
una serie de aspectos positivos y negativos que hoy presenta y de
afirmar la voluntad conciliar de iluminar y fortalecer a los cristianos
y a los hombres de buena voluntad que promueven la dignidad y el valor
del estado matrimonial, subraya, por un lado, el carácter sagrado del
matrimonio y de la familia y se detiene, por otro, en la consideración
del amor y de la fidelidad conyugales.
Sobre el primer punto ahonda tres aspectos decisivos:
a) Institucional (el consentimiento como fundamento de la comunidad
conyugal [matrimonio in fieri]; el vínculo conyugal como realidad
garantizada por la voluntad divina [matrimonio in facto esse]; la
ordenación natural del matrimonio a la procreación y educación de la
prole; y la fidelidad i indisolubilidad que sellan la íntima unión
entre marido y mujer). b) Sacramental (desde la acción de Dios, por
Cristo, en la Iglesia); espiritual (la perfección y consiguiente
glorificación de Dios a que estan llamados todos los miembros de la
familia) y apostólica-testimonial (en medio dl mundo y para bien del
mundo).
Sobre el segundo punto, GS pone de relieve: a) La
riqueza axiológica (valores) del amor conyugal y la gran virtud que
éste supone y fomenta; b) la ordenación natural del matrimonio a la
procreación y educación de la prole, ordenación que comporta la
responsabilidad humana y cristiana de los cónyuges, responsabilidad que
requiere un recto juicio sobre los datos y correlatos de la transmisión
de la vida, juicio que pone simultáneamente en juego la conciencia (de
los esposos), la ley (de Dios) y el magisterio (de la Iglesia). c) Se
sigue de ello que elamor conyugal és compatible con el respecto de la
vida humana: ante el problema de la natalidad, el texto por un lado
apela a criterios objetivos y, por otro, remite ciertas cuestiones que
necesitan una investigación más detenida a una comisión tras cuyo
estudio el Papa dirá la última palabra. d) El capítulo acaba
invitando a una promoción universal del matrimonio y de la familia.
en torno al concepto de desarrollo --ya planteado y
explanado, como vimos, por la Mater et Magistra--. Este ha de tener como
fin y como causa el hombre integral, lo que comporta lógicamente la
progresiva eliminación de las enormes desigualdades económico-sociales
hoy existentes. Desde dicha base y con el citado telón de fondo,
nuestro texto acentúa los cinco puntos siguientes: a) la superioridad
del trabajo sobre los restantes elementos de la vida económica, que
tienen mero carácter instrumental. b) La participación de todos los
miembros de la empresa en su gestión, ya que ellos --propietarios,
administradores, técnicos, trabajadores-- son personas; en cuanto a
estos últimos, los trabajadores, se subraya tanto su presencia en la
organización general de la economía como su derecho fundamental de
libre creación (y actuación en y desde ellas) de asociaciones que les
representen con autenticidad. c) El destino universal de los bienes, que
es urgido con particular claridad y contundencia: los bienes creados
deben llegar a todos de forma equitativa bajo la égida de la justicia y
con la compañía de la caridad. d) Unas inversiones orientadas a
asegurar trabajo y beneficios a las generaciones presentes y futuras. e)
Un acceso generalizado de individuos y comunidades a la propiedad
privada o a un cierto dominio de los bienes externos.
En función del Reino de Dios, mediante la obediencia
a Cristo, se encuentra un amor más fuerte y puro para concretar la
ayuda fraterna y realizar la justicia bajo la inspiración de la
caridad.
Dada la integración de lo político en la Doctrina
social de la Iglesia --no sólo sectorialmente, sino también
globalmente (Pacem in Terris), según vimos en el quinto apartado--, es
obligatorio hacer, como mínimo, una brevísima referencia a los
capítulos cuarto y quinto de esta segunda parte de la Gaudium et Spes.
Del cuarto, centrado sobre la vida política, es importante subrayar el
número 75, que especifica la colaboración que todos los ciudadanos
deben aportar a la vida pública. En función de esta colaboración, que
ante todo es actividad libre, ha de establecerse un orden jurídico
positivo dotado de una adecuada división de funciones de la autoridad y
capaz de proteger los derechos humanos de modo eficaz. En este marco, el
ciudadano cristiano está llamado a poner en acto su vocación
particular y propia dentro de la comunidad política, vocación cuyo
genio es la síntesis realista de libertad y autoridad, de iniciativa y
solidaridad, de diversidad y unidad.- En el ámbito de lo interestatal,
el capítulo quinto aboga por el fomento de la paz y la promoción de
los pueblos. Más adelante veremos la importancia que tiene el
enmarcamiento de la vida económico-social dentro de un orden político
(estatal e interestatal) concebido y organizado en función de los
derechos humanos.
7.- POPULORUM PROGRESSIO, PABLO VI, 1967
Hablaba del carácter englobante de la Gaudium et
Spes. A partir del mismo, después de explanar el segundo componente de
la tríada "Persona-Sociedad-Actividad humana", me he detenido
en la línea económico-social, subrayando el desarrollo como su eje
vertebrador y presentando brevemente la línea política (estatal e
interestatal), dada su dimensión organizativo-vinculante, línea que
será posteriormente destacada. Tiempo y espacio me han obligado
a no considerar los ámbitos familiar y cultural, a pesar de su
importancia en nuestro tema.
Pues bien, Populorum Progressio, fiel al binomio
"continuidad-renovación", evoca (continuidad) los anteriores
documentos y se conecta de modo especial con Gaudium et Spes a fin de
profundizar la cuestión del desarrollo y abrir en ella nuevas
perspectivas (renovación). El enfoque mundial del problema social en
que estamos se enriquece así con el buceamiento en un filón
específico, ya detectado, como vimos, por la Mater et Magistra. La
encíclica se despliega en dos grandes partes, la primera dedicada al
desarrollo integral del hombre y la segunda al desarrollo solidario de
la humanidad.
Respecto a la primera, el texto postula un
comportamiento que sintetizaré con la trilogía
criterios-características-dimensiones.
a) Los criterios suponen y precisan ulteriormente el
principio del destino universal de los bienes, al que deben subordinarse
los demás derechos, comprendidos los de propiedad y libre comercio. De
aquí la exigencia eventual de determinadas expropiaciones y el deber de
actualizar el aspecto social de la renta disponible; de aquí también
la necesidad de llevar adelante una industrialización verdaderamente
humana que se desvincule de un capitalismo desenfrenado y se fundamente
en un trabajo genuinamente personal que, a su vez, supere la
ambivalencia --egoísmo, revuelta, por un lado; conciencia profesional,
sentido del deber, amor al prójimo, por otro-- que con tanta frecuencia
le afecta, en beneficio del segundo miembro del binomio.
b) La obra que hay que realizar se caracteriza por su
urgencia (evidente); por su metodología (pacífica: el eventual uso de
la violencia debe ser siempre un último recurso); su talante reformista
(audaz e innovador); y su cristalización (inteligentemente
planificadora).
c) Esta programación ha de abarcar las dimensiones
básicas del hombre; debe, pues estar a su servicio; y tiene que incluir
la alfabetización, la atención a la familia, el recto enfoque del
problema demográfico, la debida atención al pluralismo de las
organizaciones profesionales, la promoción cultural y el sentido
trascendente de la persona. Todo, en función de un humanismo pleno,
trascendental. Es así como puede lograrse un desarrollo integral de
todo el hombre y de todos los hombres.
A su vez, el desarrollo de la humanidad se abre a un
triple horizonte: a) de solidaridad entre los pueblos (y, a este
respecto, el Papa urge la creación de un fondo común mundial,
alimentado con una parte de los gastos militares y administrado por los
propios países, donantes y receptores); b) de justicia en las
relaciones comerciales (la cual requiere que, más allá de un
liberalismo que se niega a regular el libre cambio, éste se someta,
mediante adecuadas convenciones de carácter internacional, a unas
reglas que incidan eficazmente en los ámbitos del precio y de la
producción); c) de caridad, en fin (a través de un vital movimiento de
recepción, que acoge hospitalariamente a los ciudadanos de los pueblos
pobres; y de aportación, que traslada hacia éstos los pertinentes
recursos humanos y materiales de los pueblos ricos). Este desarrollo
--solidario, justo y fraterno-- es el nuevo nombre de la paz.
Pienso que éste es el momento metodológicamente
adecuado para efectuar una precisión en torno al tema de la dimensión
planetaria de la cuestión social. Pablo VI, en la introducción de
Populorum Progressio, afirmaba: "Lo que hoy importa en máximo
grado es que todos tengan la certeza y el sentimiento de que la
cuestión social, ahora, afecta decisivamente a la universal unión de
los hombres entre si, cosa que nuestro predecesor de feliz memoria Juan
XXIII afirmó sin ambages y el Concilio confirmó en la Constitución
Pastoral sobre la Iglesia en el Mundo contemporáneo. Dado el gravísimo
peso e importancia de estas enseñanzas, es absolutamente necesario
llevarlas urgentemente a efecto". Esta cita muestra con evidencia
que Juan XXIII inició el paso a la citada dimensión universal:
"lo afirmó sin ambages".
Ahora bien, a los veinte años de la publicación de
Populorum Progressio, Juan Pablo II quiso homenajearla con otra
Encíclica: Sollicitudo Rei Socialis. En ella, enumeró tres títulos de
novedad de Populorum Progressio: el hecho mismo del documento, la
amplitud de horizontes que abrió a la cuestión social y la afirmación
de que desarrollo equivale a paz.
Ciñéndose al segundo título, Sollicitudo Rei
Socialis precisa que Mater et Magistra "ya había asumido este
dilatado horizonte de realidades" y que el Concilio, en la Gaudium
et Spes respondió a ellas a modo de eco. Pero añade, en ulterior
precisión, que fue cosa propia de Pablo VI, en la Populorum Progressio:
a) "afirmar con claridad que la cuestión social, ahora, afectaba
decisivamente a la universal unión de los hombres entre si"; b)
"haber hecho de dicha afirmación y de su análisis, al que
estimula, una `orientación'". Más adelante, Juan Pablo II
concreta ulteriormente su interpretación de la Populorum Progressio al
escribir: "(...) la novedad de la Carta Encíclica Populorum
Progressio no consiste en que se afirma de manera histórica la índole
universal de la cuestión social, sino más bien en que se añade la valoración
moral de la citada condición".
De hecho, esta valoración moral se encuentra ya
también, a su manera, en la Mater et Magistra por vía de una doble
aproximación. La primera subraya: la obligación de la naciones con
abundancia de ayudar a las más pobres por razón de solidaridad y de
interdependencia; el hecho de que todos somos responsables de las
naciones subalimentadas; la urgencia de despertar la conciencia de la
grave obligación citada, especialmente en los económicamente
poderosos; el deber singularmente grave de los católicos en esta
materia, debido a su condición de miembros del Cuerpo del Cristo y dado
el hecho de que la Iglesia pertenece por derecho divino a todas las
naciones. La segunda, tiene lugar en torno al tema: "hacia el
futuro entendimiento y la mutua ayuda entre los pueblos" y a sus
correspondientes vías de realización, que exigen avanzar por los
caminos de la verdad y de la justicia.
¿Qué decir, pues?. Que, según la hermenéutica de
Sollicitudo Rei Socialis, Pablo VI reformuló con decisivo vigor y
condujo a ulteriores consecuencias, en lo concerniente a universalidad y
a la consiguiente instancia ética de la cuestión social, lo que ya
Juan XXIII había afirmado sin lugar a dudas y había urgido con
evangélica firmeza.
8.- OCTOGESIMA ADVENIENS, PABLO VI, 1971
Entramos en una nueva configuración de este enfoque
planetario, la que atañe al pluralismo político y a las instancias
científicas y utópicas que caracterizan hoy al género humano. Todo
ello provoca y exige, a partir de la Fe, una análoga pluralidad de
compromisos por parte de los cristianos.
Tras el polo de la continuidad que campea en los
primeros números (1-7) de esta Carta apostólica --no es una
encíclica--; Pablo VI despliega ante los ojos del lector las novedades
que caracterizan su tiempo. a) En un primer momento, y de modo
genérico, toma buena nota de la gran diversidad de situaciones en que
se encuentran encarnados los miembros de la Iglesia; y, consciente de
que no es ni su propósito ni su misión pronunciar una palabra única
ante tal multiplicidad, recuerda a las comunidades cristianas que es a
ellas a las que corresponde deducir principios de reflexión, normas de
juicio y directrices de acción, a tenor de las enseñanzas sociales de
la Iglesia. Ellas, las comunidades, han de discernir, en condiciones
precisas, las opciones y los compromisos convenientes con vistas a la
transformación de la sociedad. b) En una segundo momento, y ya de modo
concreto, pasa a enumerar una serie de problemas sociales urgentes que
afectan a los jóvenes, la mujer, los nuevos pobres, los discriminados
de todo tipo, los emigrantes (vertiente de las personas); y a la
urbanización, la demografía, los medios de comunicación social y el
medio ambiente (vertiente de los hechos). Hacia ellos han de volcarse
los cristianos a fin de hacerse responsables de un destino -- el de
todos los hombres-- ya común.
Estos cristianos se hallan hoy --prosigue el Papa y
lo destaco en segundo lugar-- dentro del cauce de unas aspiraciones
fundamentales y ante una serie de corrientes ideológicas. Las primeras
se flechan hacia la igualdad y la participación, y cristalizan en
diversos (sincrónicamente) y sucesivos (diacrónicamente) modelos de
sociedad democrática. Pues bien, los cristianos han de participar
doblemente en este ámbito; primero, buscando tipos de convivencia
democrática que encarnen cada vez más ambos ideales; segundo,
asumiendo concretas responsabilidades en la organización y la vida
políticas. Todo lo dicho, desde un talante que --como vimos al
compendiar Gaudium et Spes--, partiendo de la persona humana y de las
agrupaciones particulares que ella crea, se abre a la comunidad
política como cristalización englobante dirigida al logro del bien
común.
Un tercer aspecto importante de la Carta es el que
afecta a las corrientes ideológicas, entre las que especifica tres: el
socialismo, el marxismo y el liberalismo. Retomando la distinción
efectuada por Pacem in Terris entre ideologías y movimientos
históricos, el Papa considera las posibilidades de una eventual acción
de los cristianos en el ámbito de las citadas corrientes, poniendo en
juego, a este fin, una serie de ricas y trabadas matizaciones. Helas
aquí, muy sintetizadas:
a) Respecto a las corrientes socialistas, hay que
distinguir en ellas los valores a los que se van abriendo, la
organización concreta que haga al caso y el lastre ideológico que aún
perdure. Si y en cuanto el primer dato predomina sobre el tercero, puede
darse un eventual compromiso de mayor o menor cooperación o acción en
el nivel del segundo, a condición, evidentemente, de que no se renuncie
en ningún caso a la especificidad cristiana.
b) En cuanto a las corrientes marxistas, los niveles
a distinguir son cuatro: lucha de clases, conquista del poder,
materialismo histórico y método científico. El tercero es
constitutivamente inasumible. Lo es también el cuarto, en la medida en
que intrínsecamente lo implica. El primero y el segundo, desvinculados
de los dos restantes, pueden dar pie a consideraciones de tipo
económico-social y político que los redimensionan esencialmente. En
esta misma proporción hay motivo para interrogarse desde el doble punto
de vista de la reflexión y de la acción, sin olvidar jamás, eso es
obvio, que el gravamen ideológico tiende a conectar de manera
dificilísimamente separable los cuatro niveles citados. El destello
verdeante para una eventual acción o cooperación obliga a mirar muy
atentamente el semáforo.
c) Las corrientes liberales, aparentemente más
asumibles, requieren, asimismo, un atento discernimiento. Pues si bien
el nivel económico-social y el nivel político presentan datos de
positiva asunción de determinadas exigencias sociales, también aquí
el lastre ideológico continúa pesando mucho: se trata de la querencia
por las tablas de un individualismo siempre resurgente y continuamente
tentador. El cristiano tiende a olvidarlo y no hará mal en vitaminar su
memoria en aras de la verdad y el bien sociales.
Todas estas precisiones culminan una lenta y madurada
reflexión del Magisterio, que partiendo de un tajante No inicial (Rerum
Novarum), y pasando a otro No rotundo, pero ya con previas distinciones
(Quadragesimo Anno), se abre paulatinamente a un progresivo
discernimiento especulativo y práctico (Mater et Magistra, Pacem in
Terris), para llegar finalmente a un eventual Sí --la Carta que ahora
comentamos--, preñado de exigencias testimoniales y prácticas. Desde
luego, este eventual y matizado Sí en el campo de las corrientes
históricas presupone la persistencia de una clara incompatibilidad en
lo concerniente al ámbito doctrinal de las ideologías.
En cuarto lugar, es importante presencializar la
última sección de nuestro texto, que enfoca de modo global --no ya
diferenciadamente, como hasta ahora-- la posición de los cristianos
ante los nuevos problemas sociales y políticos. La Enseñanza social de
la Iglesia, se dice en un primer momento, acompaña a los hombres en la
búsqueda de las correspondientes soluciones. Este acompañamiento no
pretende confirmar con su autoridad concretas determinaciones
estructurales, pero sí tiene como finalidad recordar principios,
contactar situaciones, servir con desinterés, atender a los más pobres
y asumir las innovaciones requeridas por las circunstancias de cada
tiempo y lugar.
A continuación, Octogésima Adveniens concreta que,
en el ámbito económico, debe lograrse una mayor justicia distributiva
y una concreta liberación que implica cambio simultáneo de corazones y
de estructuras. Ahora bien, autónomo, pero no independiente, este
ámbito ha de integrarse a su vez dentro del aspecto político --a este
momento aludía más arriba--; espacio que debe ser genuino, esto es,
volcado hacia el bien común, conjunto de condiciones que posibilita el
respeto y la promoción de las familias y los grupos sociales en
función del bien de cada ser humano. Ulteriormente, lo político tiene
que ser asumido por los cristianos habida cuenta de los límites que lo
definen, es decir, debe ser evangélicamente trascendido. Por
consiguiente, lejos de ser absolutizado, ha de abrirse al legítimo
pluralismo que comporta; lejos de ser absorbente, ha de facilitar una
verdadera participación en las responsabilidades; lejos de ser
estático, ha de dinamizarse hacia una continua invención de nuevas
formas de democracia.
La citada gradación (economía, política,
inspiración evangélica) posibilita la vivencia de la plena
antropología humana, que es pascual. Muerto y resucitado con Cristo, el
cristiano coopera incansablemente en la creación de o en la
reconducción hacia un ordenamiento político que respete, garantice y
promueva la justicia y la caridad en las relaciones económicas.
9.- LA JUSTICIA EN EL MUNDO, SINODO DE 1971
Nos encontramos ante
un nuevo aspecto del enfoque planetario con que es abordada la cuestión
social, desde la Mater et Magistra, por el Magisterio de la Iglesia. El
título es totalmente expresivo al respecto: no se trata sólo de la
justicia sin más, sino de la justicia en el mundo, a inicios de los
setenta. La sociedad mundial se caracteriza, según el documento, por
cuatro notas: sufre múltiples contradicciones, posee una voluntad de
promoción, padece enormes injusticias y se encuentra necesitada de
diálogo o, si se quiere, de una incansable tarea de mediación.
Ante ella, los Padres sinodales se sienten
estimulados a bucear de nuevo en la misión de la Iglesia a la luz del
Evangelio. Estas profundización les cerciora de la relación
intrínseca existente entre la justicia evangélica de Dios por Cristo y
la tarea de justicia que requiere hoy el planeta; y les ofrece nuevas
perspectivas para precisar en este campo las funciones de la Iglesia
como totalidad y de la Jerarquía y los restantes fieles en su
peculiaridad. Desde esta base teológica, el documento sinodal --de
nuevo: no encíclica-- traza unas pautas de acción en los ámbitos del
testimonio, de la educación, de la colaboración y, finalmente, de la
acción internacional.
El testimonio eclesial en pro de la justicia ha de
abarcar las maneras de actuar, las posesiones y los estilos de vida.
a) En cuanto a las maneras de actuar, el texto urge
que, dentro de la Iglesia, se respeten los derechos humanos de todos sus
miembros. Estos derechos conciernen, en el campo económico, al salario
(equitativo), a la promoción (conveniente), a la gestión (de los
bienes), a los seguros sociales, etc; en el campo jurídico, al
conocimiento de los eventuales acusadores y a una conveniente defensa
(en los litigios); en el campo femenino, a la responsabilidad y
participación de las mujeres.
b) Respecto a las posesiones, la consigna es que el
uso de los bienes temporales no haga nunca ambiguo el testimonio que la
Iglesia está obligada a ofrecer. A esta nitidez testimonial hay que
subordinar las posiciones de privilegio. Los miembros de la Iglesia
hemos de ser moderados en el uso de los bienes. La administración de
éstos ha de adecuarse a las exigencias que comporta el anuncio del
Evangelio a los pobres.
c) En lo referente al estilo de vida, éste debe ser
tal, en los países pobres, que las comunidades eclesiales no configuren
una isla de bienestar; y, en los ricos, que sea ejemplo de aquella
moderación en el consumo que es necesaria para alimentar a tantos
millones de hambrientos en el mundo.
Pasando al campo de la educación para la justicia,
nuestro texto ofrece orientaciones de precioso contenido en los ámbitos
del método (que ha de conducir a una moral personal y social
testimonialmente expresada); de los obstáculos (el individualismo, el
"posesionismo", el "talcualismo" adocenador); de las
exigencias (renovación del corazón, modo de vivir humano, facultad
crítica, etc.); del fruto (autoseñorío y responsabilidad, por un
lado; construcción de comunidades verdaderamente humanas, por otro); de
las características (permanente y práctica); de los medios (familia,
instituciones eclesiales, escuelas, sindicatos, partidos); del mensaje
(dignidad de la persona, unidad de la familia humana, divinización
cristiana de todos los hombres); de las actitudes episcopales
(exhortación, intervención, denuncia); de la liturgia (siendo, como
es, el corazón de la vida de la Iglesia, puede servir de gran ayuda en
esta educación para la justicia, desde sus dimensiones comunitaria,
bíblica y sacramental).
En fin, las pistas de acción que el documento ofrece
en lo referente a la colaboración --intraeclesial, ecuménica e
interhumana-- y a la actuación internacional --con indicaciones de gran
realismo-- conservan todavía hoy, al igual que las que he sintetizado
en los campos testimonial y educativo, una candente actualidad, fruto de
su viveza evangélica y de su inmersión en la realidad de los hechos.
El Sínodo concluye su exposición expresando el deseo de que el examen
a que ha procedido se encarne en todos los niveles de la vida de la
Iglesia.
No me olvido del binomio
"continuidad-renovación". La continuidad en el tratamiento
del tema de la justicia es obvia, tanto en su aspecto de constancia como
en su vertiente de profundización. Esta última, sin marginar las
clásica divisiones (conmutativa, distributiva, general o legal),
delinea con creciente claridad y distinción el concepto de justicia
social. Ahora bien, lo que campea en el presente documento sinodal es el
dato innovador. Nunca, hasta ahora, se había ofrecido, en los textos
magisteriales, una reflexión tan amplia, profunda --y autoexigente,
eclesialmente hablando-- sobre la justicia como en esta exposición, que
honra a los padres sinodales congregados por Pablo VI en Roma el año
1971. ¡Ojalá su vigor evangélico nos ayude a vivir intraeclesialmente,
con creciente intensidad, lo que, con todo derecho y consiguiente deber,
predicamos al mundo en materia social!
10.- LABOREM EXERCENS, JUAN PABLO II, 1981
La primera encíclica social del actual Pontífice se
ciñe al problema del trabajo humano. Henos aquí ante una aproximación
indudablemente privilegiada a nuestro tema. En efecto, según Laborem
Exercens, el trabajo del hombre es, en cierto modo, el factor
determinante no sólo de la objetiva realidad económico-social, sino
también del conjunto de los documentos que conforman la Doctrina de la
Iglesia en dicho ámbito.
Después de realizar una aproximación
histórico-evolutiva a los citados documentos poniendo en evidencia su
continuidad y renovación con categorías orgánico-evangélicas, Juan
Pablo II aborda tres dimensiones fundamentales del trabajo humano:
bíblico-antropológica (en si y en su aplicación a nuestro tiempo),
ético-jurídica y espiritual.
Desde el punto de vista bíblico-antropológico, el
trabajo, a la luz de la revelación del hombre como creado a imagen de
Dios y llamado a crecer, multiplicarse y señorear la tierra, aparece en
su doble riqueza: objetiva ( se trata de su dimensión técnica,
productiva, eficaz) y sujetiva (que pone de relieve su dimensión
personal). Esta segunda perspectiva tiene primacía sobre la primera, ya
que es precisamente en tanto que imagen de Dios que el hombre es persona
y es exactamente en cuanto persona que es sujeto del trabajo. En esta
sujetividad se basa la naturaleza ética del trabajo. No es el tipo de
éste, sino su procedencia personal el fundamento determinante de su
justa valoración. Ser "persona que trabaja" tiene
prioridad sobre ser "persona que trabaja".
El enfoque economicista, la civilización
materialista invierten este orden; conceden importancia primaria a la
dimensión objetiva sobre la subjetiva, marginan al sujeto, menosprecian
(¡qué justo es aquí el verbo!) a la persona. De aquí la rectitud
histórica de la reacción solidaria que protagonizó el trabajo
preterido. Retomando la trilogía persona-familia-sociedad de la Rerum
Novarum, nuestro texto corona esta reflexión abundando en la densidad
decisiva de la dimensión personal, "sujetual" del trabajo.
Esta doctrina de valor permanente nos lleva a captar,
a su vez, otra prioridad, la que el trabajo integral (sujetivo, ante
todo; pero también objetivo) tiene respecto al capital y la propiedad:
ello nos inmerge en el corazón de nuestro tiempo. Prevalencia sobre el
capital, por cuanto éste pertenece al mero ámbito de la causalidad
instrumental, mientras que el trabajo resplandece por su categoría de
causalidad eficiente, lo cual exige que el capital se subordine al
trabajo, sea éste empresarial, sea obrero. Y predomino sobre la
propiedad (ante todo de los medios de producción), en la misma medida
en que el sentido definitivo de ésta última --la propiedad-- es que
sirva al trabajo (a la persona que trabaja) y no viceversa.
La tragedia de nuestra época es que ha privilegiado
unos modos de pensar y actuar que, respecto al primer punto, han
separado, contrapuesto y, finalmente, invertido ambos miembros del
primer binomio hasta el punto de estructurar un indebido señorío del
capital sobre el trabajo; y, respecto al segundo conjunto, han
subordinado de tal modo, contractualmente, el trabajo a la propiedad de
los medios de producción que aquél han sido transformado en función
aleatoria de ésta. Cuando, por lo contrario, la verdad reclama y la
justicia exige que el único título legítimo de propiedad de los
medios de producción sea que éstos --reiterémoslo-- sirvan al trabajo
y posibiliten, de esta manera, el destino universal de los bienes y, por
consiguiente, su uso personal, habida cuenta de la constitutiva
dimensión común que les caracteriza.
Desde el punto de vista ético-jurídico, los
empresarios (tanto indirecto, esto es, el constituido por el conjunto de
instituciones políticas, económicas, sociales, culturales, etc. que
organizan y regulan el trabajo; como directo, es decir, la persona o
institución que mediante contrato ad hoc ofrece y estipula trabajo)
deben abrirse respectivamente a los derechos de los trabajadores: a
tener trabajo y condiciones dignas de trabajo, en el primer caso; a
obtener una justa remuneración, que posibilite una digna vida familiar,
en el segundo.
Desde la tercera aproximación, la de la
espiritualidad del trabajo, la cual, desde luego, nos sitúa en lo
íntimo del ser de la Iglesia, Laborem Exercens pone ante nuestros ojos,
tanto la dimensión protológica como la perspectiva cristológica del
esfuerzo laboral humano. La consideración protológica profundiza sobre
el hecho de que, bajo Dios y para su gloria, completamos, mediante el
trabajo, la obra de la creación por El iniciada y sostenida; la
cristológica nos asocia a Jesús quien, por un lado, predica con el
ejemplo "el evangelio del trabajo" (vida oculta y laboriosa de
Nazaret) y, por otro, nos invita a insertar lo penoso del trabajo en su
muerte y lo fructífero del mismo en su resurrección, asociándonos de
esta manera, simultáneamente, a la eficacia de su redención.
Desde luego, esta encíclica corona excelentemente
todo el esfuerzo de reflexión operativa sobre el trabajo humano
realizado por los textos anteriores del Magisterio social. Es, en si
misma, un testimonio preclaro del desarrollo orgánico-evangélico que
ella detecta y subraya en los mensajes que la preceden.
11.- SOLLICITUDO REI SOCIALIS, JUAN PABLO II, 1987
Al llegar al
penúltimo de los documentos de esta segunda parte, es indicado efectuar
una breve parada a fin de percibir comparativamente las grandes líneas
de los mensajes ya ofrecidos y de los que restan por ofrecer. Puede
ayudarnos a ello la siguiente esquematización:
|
ENFOQUES DE LA CUESTION SOCIAL COMO MUNDIAL |
|
englobante |
p u n t u a l e s |
retrospectivo / proyectivo |
|
GS
1965 |
PP
1967 |
OA
1971 |
JM
1971 |
LE
1981 |
SRS
1987 |
CA
1991 |
|
en el marco de la relación Iglesia-Mundo
y desde la tríada Persona-Sociedad-Actividad humana, resitúa
la VIDA ECONOMICO-SOCIAL
junto a los temas de la vida familiar, cultural, política e
internacional.
|
asume el tema del DESARROLLO-vertebrador del de la vida
económico-social de GS - y le confiere un realce decisivo, al
considerarlo como el nuevo nombre de la paz. |
orienta la PRESENCIA Y ACCION DE LOS CRISTIANOS en el seno de
las aspiraciones y corrientes ideológicas, al par que ante las
aportaciones de las ciencias sociales y las proyecciones utópicas
de la época. |
fundamenta teológicamente y encauza prácticamente la ACCION A
FAVOR DE LA JUSTICIA, habida cuenta de las contradicciones e
injusticias, a la vez que de la voluntad de promoción y necesidad
de mediación que son propias de su tiempo. |
aborda desde las perspectivas bíblica,antropológica, ética y
espiritual el TRABAJO HUMANO, con-siderado como eje de la vida
económico-social y de la Doctrina Social de la Iglesia. |
retorna al tema del DESARROLLO
(ver PP) y lo profundiza ético-teológicamente, habida cuenta
de los contrastes y tensiones Este-Oeste y Norte-Sur. |
relee conmemorativamente la RN a un siglo de distancia,
teniendo co-mo telón de fondo la caída del socialismo real y las
negativas consecuencias de una libertad apartada de la verdad, al
par que orienta cristianamente los ámbitos económico y político
ante las puertas del tercer milenio. |
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temas ya considerados |
temas por considerar |
En las columnas centrales podemos contemplar, por un
lado, tres temas que son decisivos en nuestra materia: el desarrollo
--tratado dos veces-- la justicia y el trabajo; por otro,
una cuestión de tan intensa carga vivencial como es la de la presencia
y acción de los cristianos ante la plural instancia de la sociedad
moderna.
A la vez, en las columnas periféricas, y en
contraste con la especificidad de las anteriores, percibimos el
carácter englobado (por la relación Iglesia-Mundo) de un argumento que
es, él mismo, globalizador (vida económico-social); y el
enfoque análogamente general de Centesimus Annus, que, fiel al texto,
denomino "retrospectivo-proyectivo" y que de modo expreso dejo
sin formulación intratemática.
Hechas estas reflexiones metodológico-pedagógicas,
paso a sintetizar el mensaje de Sollicitudo Rei Socialis, cuya finalidad
explícita es confirmar la continuidad y renovación de la Doctrina
social de la Iglesia y proclamar la alabanza de Populorum Progressio, a
la vez que dar testimonio de la autoridad de su doctrina. El binomio
"continudad-renovación" se explana sobre todo en torno a la
conexión de Populorum Progressio con Gaudium et Spes (continuidad) y a
la carga ética, universalizadora e irénica que da al concepto de
desarrollo (renovación).
En un amplio "Ver", Juan Pablo II pasa acto
seguido a analizar tanto los aspectos negativos (el retraso de tantos
pueblos en el proceso del desarrollo y las causas del mismo) como los
positivos del mundo contemporáneo.
El "Juzgar" de esta macrorrevisión de vida
se expone en dos momentos: a) En qué consiste el verdadero desarrollo:
no es de tipo iluminista ni de talante economicista, sino que, a la luz
de la vida cristiana, tiene como protagonista al hombre en tanto que:
(1) creado a imagen de Dios e inserto en Su plan cristocéntrico y
cristofinalizador; (2) sujeto de derechos y deberes; (3) consciente de
su hábitat --ecología--. b) Qué lectura teológica puede y debe
hacerse de los problemas modernos. Se trata de una lectura que, por una
parte, diagnostica el mal a través de un análisis de orden religioso
que muestra un mundo sometido al pecado y a estructuras de pecado, un
mundo hambriento a toda costa de poder y de dinero; y, por otra, indica
el camino a seguir para superar el mal diagnosticado, a saber, el del
cambio ético y de la conversión. Esta conversión asume
conscientemente el hecho de la interdependencia actual de los pueblos y
se eleva decididamente a la vivencia de la solidaridad, vista en último
término como virtud cristiana, animada por la caridad e inspirada en el
modelo trinitario: las relaciones intradivinas son su fuente y su
término definitivos.
El "Actuar" consiguiente, tras unas
consideraciones de principio sobre la Doctrina social de la Iglesia
--cuya enseñanza y difusión forman parte de la misión evangelizadora
de la misma Iglesia--, concreta cómo aquella --la Doctrina social--: a)
ha de abrirse a la perspectiva internacional mediante una lúcida
opción preferente por los pobres (Tercero y Cuarto Mundo); b) postula
reformas, dado el desequilibrio internacional, en lo concerniente al
sistema comercial, monetario y financiero, a las transferencias
tecnológicas, a las organizaciones mundiales: c) y convoca a la
colaboración de todos, en el marco de una solidaridad universal.
Hecho el adecuado discernimiento, la Teologia de la
liberación constituye una valiosa aportación a este
"Actuar", cuyas exigencias deben afrontarse positivamente a
partir de la promesa divina y de la bondad fundamental del hombre.
12.- CENTESIMUS ANNUS, JUAN PABLO II, 1991
Henos llegados a nuestro documento terminal. Fiel al
binomio tantas veces reiterado, Juan Pablo II afirma que Centesimus
Annus conmemora, relee el pasado; pero sobre todo se abre al futuro.
Como he señalado hace poco, esta encíclica no pertenece al grupo de
las "puntuales", sino que tiene un carácter general,
retrospectivo, por un lado, y prospectivo, por otro: entre ambos polos
debe añadirse un tercero, mediacional y al propio tiempo autónomo: el
circumspectivo o presencial. De este modo, la encíclica: a) ofrece una
estructura bimembre (la primera sección, retrospectivo-presencial,
comprende los tres primeros capítulos; la segunda sección,
presencial-prospectiva, abarca los tres restantes); b) se muestra
globalizadora, análogamente a como lo es Gaudium et Spes:
análogamente, no unívocamente, porque fin y medios son diferentes.
Sus tres primeras partes, de enfoque reasuntivo-histórico
al par que circunspectivo, destacan las principales características de
Rerum Novarum (capítulo I); analizan el tránsito desde aquel entonces
a "las cosas nuevas" de hoy (capítulo II); y se detienen, con
múltiple riqueza de datos, en el año 1989, el de la caída del muro de
Berlín (capítulo III). Resumámoslas brevemente.
El capítulo primero subraya tres tomas de posición
de la Rerum Novarum, a saber: a) afrontó el conflicto capital-trabajo
de su tiempo, estableciendo un paradigma permanente para la Iglesia (su
decisiva intervención en el conflicto social moderno) y confiriéndole
de este modo una especie de "carta de ciudadanía" ante las
cambiantes realidades de la vida pública. b) Defendió los derechos
fundamentales de los trabajadores (de propiedad, asociación,
condiciones humanas de trabajo, salario justo, libre cumplimiento de los
deberes religiosos). c) Expuso las relaciones entre el Estado y los
ciudadanos (subrayando el deber de los poderes públicos de actuar en
bien de los más pobres y urgiendo, a la vez, el carácter limitado e
instrumental de su intervención).
El capítulo segundo pone de relieve que León XIII:
a) previó los efectos negativos del Socialismo, cuyo error fundamental
es la eliminación del hombre como persona (error que halla en el
ateísmo su causa fundamental) y cuyo medio de acción es la lucha de
clases. b) Criticó asimismo el liberalismo, en cuanto dejaba la esfera
económica fuera del campo de acción del Estado y, sobre todo, en
cuanto --doctrinalmente hablando-- afirma una libertad apartada de la
verdad (éste es su profundo y típico error). Las trágicas
consecuencias históricas de esta impostación se echan de ver en el
ciclo de las guerras que van del año 1914 al año 1945 y en la
situación de no-guerra subsiguiente a 1945, caracterizada por una
creciente universalización de la belicosidad ante el peligro de la
dictadura comunista y por un simultáneo y paradójico proceso de
concienciación antibélica; hecho, éste, que no consigue marginar el
dato mayormente visible, que es la extensión del totalitarismo
comunista. Esta situación da pie a tres tipos de respuesta: la de las
sociedades democráticas inspiradas en la justicia social, la de los
sistemas de "seguridad nacional", y la de la sociedad de
bienestar o de consumo. Durante este mismo periodo tienen lugar dos
fenómenos colaterales de gran importancia: un gigantesco proceso de
descolonización y un creciente sentimiento no sólo de los derechos de
los hombres y de las naciones, sino también de la necesidad de corregir
los desequilibrios de ámbito mundial.
El capítulo tercero analiza los sucesos de los años
1980, que culminan con la caída del muro de Berlín (1989). Su eje lo
constituye el hundimiento de la regímenes opresores. a) Son factores
del mismo: la violación de los derechos de los trabajadores (y la
consiguiente reacción de éstos, iniciada en Polonia, en nombre de la
solidaridad); la ineficacia del sistema económico, al par que la
violación de la cultura y de los derechos nacionales; particularmente,
dentro del ámbito cultural, el vacío espiritual producido por el
ateísmo. b) Y son consecuencias de dicha caída: el encuentro que ha
tenido lugar, en algunos países, entre la Iglesia y el Movimiento
obrero (ángulo religioso); el peligro de un nuevo despertar de odios y
rencores en los pueblos de Europa (ángulo político); el deber de
justicia de ayudar a las naciones excomunistas, sin frenar el auxilio
prestado al Tercer Mundo (ángulo solidario); la necesidad de poner en
juego una recta concepción del desarrollo, esto es, un desarrollo
integral (ángulo ético-jurídico).
Uno de los mensajes resultantes de este primera
sección de la encíclica viene a decir: desprendámonos definitivamente
de las negatividades ideológicas del Socialismo y del Liberalismo, si
queremos construir verdaderamente un mundo de libertad y solidaridad.
La segunda sección abarca los tres restantes
capítulos, dedicados a la propiedad privada y al destino universal de
los bienes; al Estado y la Cultura; a la Doctrina Social de la Iglesia.
¿Cuál es su enseñanza?
El primero (capítulo IV) trata dos grandes temas: el
trabajo moderno como nuevo tipo de propiedad y el mercado libre.
a) En síntesis, sobre el trabajo moderno se nos dice
lo siguiente: el modo de relación trabajo-tierra como factor de
propiedad ha cambiado con el paso de los tiempos; hoy el factor trabajo
tiene prioridad sobre el factor fecundidad de la tierra. Ahora bien,
dentro del factor trabajo como elemento determinante de la propiedad,
emergen el conocimiento, la técnica y el saber, los cuales pasan a ser
las fuentes principales de riqueza. Históricamente, pues, la tierra ha
cedido su papel de factor decisivo de la producción al capital y éste,
posteriormente, lo ha cedido al hombre.
Este dato nuevo presenta aspectos positivos junto a
otros negativos. Entre los primeros cabe subrayar la valoración del
propio hombre, el ejercicio de determinadas virtudes y el derecho a la
libertad. Entre los segundos, hay que destacar el doble hecho de la
marginación (respecto a los sistemas de empresa en los que el trabajo
moderno ocupa un lugar central) y de la miseria y explotación (en los
lugares donde continúa vigente un capitalismo salvaje) de enormes masas
humanas. Se impone, pues, la conclusión de que hay que conseguir un
acceso equitativo al mercado internacional --por parte de los marginados
y explotados: personas y pueblos--, basado no en el principio unilateral
de la explotación de los recursos naturales, sino sobre la universal
valoración de los recursos humanos.
b) Pasando al tema del mercado libre, después de
mostrar cómo éste debe ser "etizado" (cumpliendo los deberos
de justicia y equidad; otorgando, más allá de ellos, lo que es debido
al hombre por el simple hecho de ser hombre; y percibiendo que, en el
contexto del Tercer Mundo, los objetivos de Rerum Novarum conservan su
validez), nuestro texto se detiene sobre cuatro puntos de particular
relevancia: sindicatos, empresa, capitalismo y deuda exterior.
Los sindicatos, en el contexto tanto del Tercero como
del Cuarto Mundo, deben proseguir su lucha contra el capitalismo liberal
proponiendo como alternativa no el sistema socialista, sino una sociedad
que se funda en el trabajo libre, la empresa y la participación y que
requiere un oportuno control del mercado.- La empresa capitalista tiene
derecho a sus beneficios en la medida en que se constituye no en una
sociedad cuyo único
fin es maximizar el lucro, sino en una comunidad de
personas con vistas a resolver sus necesidades y ofrecer bienes y
servicios en provecho de la sociedad.- El Capitalismo real, una vez
fracasado el socialismo homónimo, no es ni puede ser el único modelo
de organización económica, dado que, por si solo, no asegura a todos
--individuos y pueblos-- las condiciones básicas de participación en
el desarrollo. Se requiere una programación responsable de parte de
toda la comunidad internacional, con la consiguiente apertura de las
naciones más fuertes y la coherente inserción --que implica esfuerzo y
sacrificio-- de las débiles.- La deuda exterior, habida cuenta de la
vigencia del principio de pago, requiere modalidades de reducción,
dilación o extinción en la medida en que supone sacrificios
insoportables que llevarían a poblaciones enteras al hambre y a la
desesperación.
Acto seguido, el capitulo enfoca los problemas y
amenazas que surgen en el seno de las economías más avanzadas. En una
primera aproximación elabora las cuestiones del consumismo y la
ecología, enmarcadas en una visión cristiana del sistema
ético-cultural.
a) El consumo de creciente cualidad es legítimo en
la medida en que responde a una imagen integral del hombre, según la
cual las dimensiones materiales e instintivas se subordinan a las
espirituales. Su piedra de toque decisiva es la efectiva comunicación
de bienes a quienes carecen de ellos, llegando, si el caso lo requiere,
a la autoprivación de lo necesario. Mientras que el consumismo,
dirigido a los instintos y marginador de la realidad personal, al primar
el tener sobre el ser y/o al entregarse a desviaciones tan evidentes
como la droga y la pornografía, es un fenómeno indudablemente
negativo.
b) Respecto al tema ecológico, Centesimus Annus
distingue dos tipos de ambiente, natural al primero, humano el segundo.
En la raíz de la destrucción insensata del ambiente natural subyace no
sólo un error antropológico (consistente en el olvido del don original
de la creación, en el uso arbitrario de la tierra, en la suplantación
de Dios), sino también una mezquindad de espíritu.Pero es peor
todavía la destrucción del ambiente humano, mediante la creación de
estructuras inhumanas y pecaminosas de convivencia, que se refleja
múltiplemente (problemas del hacinamiento urbano, de la explotación
laboral, de los "barrios chinos", de los suburbios depravados,
de la disolución familiar, etc.). Hay que substituir estas estructuras
por formas auténticas de convivencia.
En una segunda aproximación, nuestro texto
reflexiona sobre la alienación y el capitalismo, desde una iluminación
antropólogico-teológica de la economía.
a) Más allá del enfoque marxista de la alienación,
unilateralmente economicista y materialista, la visión de este
fenómeno parte de su existencia (en los ámbitos del consumo y del
trabajo) y profundiza en su causas. El hombre se aliena cuando se niega
a la autodonación; la sociedad se aliena cuando se cierra a la
solidaridad. En ambos casos, el hombre instrumentaliza al hombre.
b) Conectando con lo dicho más arriba, el
capitalismo debe ser objeto de discernimiento. Si por él se entiende un
sistema económico que renoce el cuádruple papel de la empresa, el
mercado, la propiedad privada (con la consiguiente responsabilidad sobre
los medios de producción) y la libre creatividad humana, la respuesta
es positiva. Pero si lo que está en juego es una ideología radical
cuyos lastres y efectos son la marginación y la explotación (sobre
todo en el Tercer Mundo) y la alienación hace un momento considerada
(especialmente en los Países más avanzados), entonces no cabe otra
salida que la denuncia y el rechazo.
No puedo detenerme sobre los capítulos V y VI.
Brevísimamente: respecto al Estado, se trenzan unas reflexiones que,
además de ser luminosas en si, son muy adecuadas para la circunstancia
hispánica, tanto en lo referente a la democracia como en lo que atañe
a la cultura (cfr. capítulo V). Respecto a la Doctrina social de la
Iglesia, ésta es abordada desde un múltiple punto de vista con el
resultado de cerciorarnos ulteriormente sobre su finalidad
antropológica, su valor instrumental de evangelización, su
fundamentación teológica y su eficacia testimonial-operativa, en
función de una opción preferencial por los pobres que se concreta en
la promoción de la justicia (cfr. capítulo VI)
EPILOGO
Es de esperar y temer, decía al tratar de la
dimensión mundial de la cuestión social, inicialmente señalada por la
Mater et Magistra, que dentro de un tiempo --¿siglo XXI?-- la cuestión
social habrá adquirido connotaciones transplanetarias, si no todavía
--o quizás sí, inicialmente-- interplanetarias. El temor queda
motivado por la dolorosa experiencia de la multiplicación de los males
producidos por la mancha de la injusticia y del desamor, que cuenta con
medios estructurales cada vez más egoístas: es ésta una de las causas
fundamentales del "abismo creciente" entre los grupos humanos
ricos y pobres.
La esperanza se flecha a los aspectos
paradójicamente positivos de esta ulterior dimensión. Uno de ellos, el
de hacer cada vez más evidente la urgencia de remediarla. Otro, el de
implicarnos crecientemente a todos en su solución; implicación que
posee una constitutiva dimensión moral. Escribe, en efecto, Juan Pablo
II, en la Sollicitudo Rei Socialis --ya cité la primera parte del
texto--: "(...) La novedad de la Carta Encíclica Populorum
Progressio no consiste en que se afirma de manera histórica la índole
universal de la misma cuestión social, sino más bien en que se añade
la valoración moral de la citada condición. Por consiguiente,
los responsables de la gestión pública, más aún, todos los
ciudadanos de las naciones ricas, individualmente considerados,
principalmente si son cristianos, se hallan sujetos al deber moral,
cada uno según la magnitud de las propias obligaciones, de que, cuando
se toman decisiones privadas y públicas de gobierno, esta naturaleza
universal, esta relación recíproca entre sus costumbres de aquí y la
miseria de tantos millares de hombres de allí sea cuidadosamente
tomada en consideración".
Esta concienciación ética y su traducción eficaz
en la práctica hará cada vez más evidente que el "aquí" y
el "allí" no son geográficos --intra o extraplanetariamente
hablando--. Efectivamente, "Norte" y "Sur" (hoy) o
"Colonia espacial Z" y "Zona todavía miserable del
planeta" (mañana) son/serán ante todo lugares individuales y
comunitarios de decisión que continuarán urgiendo el Mandamiento del
Amor y proyectándose hacia el Juicio Universal, aquél cuya medida es y
será: "Lo que hicísteis con uno de estos pequeños a Mí me lo
hicisteis".
Pienso que transcribir esta sentencia evangélica y
aquel texto magisterial constituye una buena manera de terminar el
artículo.
Antoni M. Oriol
Facultad de Teología de Catalunya
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